LOS PROBLEMAS NO SON CUÑAS

¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia. . . ? Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Romanos 8:35,37

“No permitas que tus problemas se conviertan en cuñas que te aparten de Dios”, dice el pastor. “Al contrario, míralas como el cordel de oro con el que Dios te ata más estrechamente a él”. Buen consejo.

¿Hay algo que pueda hacer que Cristo deje de amarme? ¿Hay algo que pueda hacer que él se aparte de mí y me deje solo? A veces pienso que sí. Cuando las dificultades me golpean, primero viene mi angustiosa pregunta: “¿Por qué a mí, Señor?” Detrás de esa pregunta está una que es más grande, que cuestiona su amor por mí. Cuando las olas de los problemas se abaten sobre la barca de mi vida, puedo también saltar a la conclusión de que su amor por mí se ha enfriado. Con esa rapidez se pueden convertir en cuñas los problemas de la vida.

Pablo responde a su propia pregunta: “No”, dice enfáticamente. Las tribulaciones no nos pueden separar del amor de Cristo. En efecto, por el inmenso amor de Cristo, “somos más que vencedores” en el día de tribulación. El amor del Salvador por mí no es un asunto del azar; nunca es “ahora te amo; ahora no te amo”: es constante en todas las escenas de la vida. La cruz es el signo más en mi vida; es la garantía de que su amor, que dio su vida para mi salvación, también me va a guiar en la vida diaria: su amor me protege como un chaleco de seguridad. Aunque las balas de los problemas me pueden lastimar, no me pueden matar. Por el gran amor de Cristo, yo puedo ver los problemas de la vida como el cordón de oro con el que él me ata más estrechamente a él.

Oración:

Señor Jesús, te pido que sostengas mis ojos fijos en tu cruz, para que yo esté cada día más seguro de tu amor en mi vida. Amén.