¡AY DE LOS QUE OPRIMEN A LOS POBRES!

¡Ay de los que sólo piensan en el mal, y aun acostados hacen planes malvados!

En cuanto amanece, los llevan a cabo porque tienen el poder en sus manos.

Codician campos, y se apropian de ellos; casas, y de ellas se adueñan.

Oprimen al varón y a su familia, al hombre y a su propiedad.

—Miqueas 2:1–2

«En el corazón de todo hombre existe un vacío que tiene la forma de Dios. Este vacío no puede ser llenado por ninguna cosa creada». (B. Pascal) Según la Biblia es posible que los ojos de una persona nunca se sacien de codiciar (Proverbios 27:20; Eclesiastés 4:7-8) Codiciar riquezas o cualquier otra cosa es pecado de idolatría. Jesús dijo: «Nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro. No se puede servir a la vez a Dios y a las riquezas.» (Mateo 6:24). En concreto, «Donde no hay amor para Dios tampoco hay amor para la gente. Si el corazón del hombre está vacío de Dios, entonces está lleno de avaricia y codicia.» (Cyril W. Spaude). Esta es la denuncia del texto que hoy meditamos.

Los israelitas del tiempo de Miqueas en lugar de meditar en la palabra de Dios y tener comunión con él dándole gracias por sus bendiciones, usaban el tiempo previo al sueño para entrar en comunión con la codicia e imaginar cuánta riqueza podían arrebatar a sus compatriotas. Maquinaban formas de apropiarse de los bienes inmuebles y del salario del trabajador. Al llegar la mañana utilizaban el tráfico de influencias para lograr su cometido a través de jueces y cortes corruptas atropellando los derechos de quienes no gozaban de tales influencias.

Este pecado, no es otra cosa que hurto sofisticado que va contra el claro mandamiento que dice «No hurtarás» (Éxodo 20:15) Este mandamiento significa que «Debemos temer y amar a Dios, de modo que no le quitemos a nuestro prójimo su dinero o sus bienes, ni los obtengamos mediante negocios deshonestos; sino que le ayudemos a mejorar y conservar sus bienes y medios de vida.». Pecamos contra este mandamiento cuando nuestros actos contribuyen a que nuestro prójimo pierda sus bienes, pero también cuando negamos ayuda al necesitado (Santiago 2:14-17 cf. 5:4; Salmo 37:21; 2 Tesalonicenses 3:10-12.). Por esto merecemos toda la ira de Dios (1Corintios 6:10) Cristo, nuestro sustituto obedeció perfectamente este mandamiento por nosotros y pagó, con su vida, el castigo que merecemos (2 Corintios 8:9; Gálatas 3:13). En gratitud vamos a querer respetar lo ajeno y ayudar al prójimo a conservar sus bienes.

Oración:

Señor, te doy gracias por Jesucristo, mediador del nuevo pacto y el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pues por sus méritos tengo tu perdón y el privilegio de servirte siendo buen administrador de los bienes. Amén.

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