(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 14:1-16, Mateo 5:21-26)

LA IRA SANTA Y LA IRA PECAMINOSA

Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; mas cualquiera que matare, estará expuesto a juicio. Yo pues os digo, que cualquiera que se enojare sin razón con su hermano, estará expuesto a juicio; y cualquiera que dijere a su hermano: Raca, estará expuesto al concilio; y cualquiera que a su hermano dijere: Insensato, estará expuesto al fuego del infierno.

—Mateo 5:21, 22, Reina Valera 1865

La ira descontrolada ha sido causa de mucho mal en nuestro mundo. Caín asesinó a su hermano Abel movido por su odio iracundo.

El Señor quiere que seamos personas amables, no iracundas: «Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse; porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.» (Santiago 1:19-20, RV95 ) «Abandonen toda amargura, ira y enojo, gritos y calumnias, y toda forma de malicia. Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo. […] Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca.» (Efesios 4.31-32; Filipenses 4:5) Jesús nos enseña que la «la ira descontrolada» es un pecado contra la vida humana. La palabra griega traducida aquí «sin razón» y en otras versiones «sin causa» o «locamente» enfatiza que el enojo pecaminoso es ira descontrolada, el «perder los estribos». Tal ira es una manifestación de nuestra naturaleza pecaminosa que se hace evidente en el trato áspero hacia nuestro semejante expresado en gestos (Raca, se refiere a un gesto de desprecio) o palabras hirientes que se usan como venganza (Salmo 64:3 cf. Proverbios 27:14-15).

Por otra parte, existe una ira santa que consiste en la firmeza con la que el creyente reprende el pecado y que no tiene del propósito de castigar el pecado sino el de encaminar al pecador por la senda correcta. Esa es la ira con la que Cristo azotó a los mercaderes del templo. (Juan 2:13-17 cf. Jueces 14:19; 1 Samuel 11:6). Pero «Todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende de palabra, es una persona perfecta, capaz también de refrenar todo el cuerpo. […] pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.» (Santiago 3:2,8) Por esto merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo amó perfectamente de modo que sus palabras fueron para bien y lo hizo por nosotros. También fue a la cruz como nuestro sustituto para sufrir nuestro castigo (1 Pedro 2:22-24). En gratitud vamos a querer ser amables con todos y desechar la ira.

Oración:

Señor, te doy gracias por Jesucristo, pues por sus méritos tengo tu perdón y el privilegio de servirte aunque soy imperfecto. Concédeme por tus medios de gracia amar de modo que te honre en gratitud a tu amor incondicional.  Amén. 

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