(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 12:26–13:19, Lucas 23:50–56)

UN HOMBRE BUENO Y JUSTO LLAMADO JOSÉ

Había un hombre bueno y justo llamado José, miembro del Consejo, que no había estado de acuerdo con la decisión ni con la conducta de ellos. Era natural de un pueblo de Judea llamado Arimatea, y esperaba el reino de Dios.

—Lucas 23:50–51

«Yo no soy ningún santo». ¿Ha escuchado alguna vez expresarse a alguien así? Por lo general, sucede cuando ese alguien es confrontado con su maldad pero no quiere arrepentirse. Por el contrario, quiere que ser tolerado en base a que no es ningún santo. Pero, ¿hay alguno que sea santo de verdad?

Mientras unos enseñan que sí hay santos, pero que están en el cielo, hay otros que afirman que todos los creyentes ya somos santos ahora mismo. Estos últimos lo hacen basados en que en la Escritura Pablo saluda así: «Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, junto con los obispos y diáconos: » (Filipenses 1:1–2). Puesto que santo es alguien que no peca, ama la voluntad de Dios y odia el pecado admitimos que Pablo no usa esa palabra con tal sentido. Los creyentes son llamados santos por haber sido consagrados al servicio del Señor por los méritos de Cristo. Pero ¿qué en cuanto al término «justos»? ¿Hay alguno que sea justo? El texto de la meditación de hoy parece enseñar que si lo hay ¿Realmente es así?

La Biblia claramente enseña que no existe, aparte de Cristo, nadie que pueda ser reconocido por Dios como justo por sus propios méritos. Cada vez que la Escritura llama justo a una persona, no se refiere a que sea justo por su propio mérito sino a que es justo por haber sido justificado por a los méritos de Cristo en la gracia de Dios mediante la fe. Jesucristo sí es justo por su propio mérito, es el único que obedeció perfectamente la voluntad de Dios. En la cruz, Él cargó con el castigo que merecemos, el justo murió por los injustos. De esa manera, Dios pudo atribuirnos la justicia de Cristo. Por Él, Dios nos ve y declara justos aunque no lo merecemos. Somos justos con justicia ajena, la de Cristo: Cristo es nuestra justicia. Como José de Arimatea, en gratitud vamos a querer hacer obras justas y vivir como justos.

Oración:

Señor confieso que por mis propios méritos y buenas obras no puedo ser declarado justo, sino que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la virgen María, es mi Señor y me ha redimido a mí, criatura perdida y condenada, me ha rescatado y librado de todos los pecados, de la muerte y del poder del diablo, no con oro ni con plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente pasión y muerte. Y todo esto lo hizo para que yo sea suyo y viva bajo él en su reino y le sirva en justicia, inocencia y bienaventuranza eternas, así como él, resucitado de entre los muertos, vive y reina eternamente. Solo Cristo es mi justicia. Esto es ciertamente la verdad. Gracias te doy por ello. Amén.

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