SEAMOS AGRADECIDOS

Así que nosotros, que estamos recibiendo un reino inconmovible, seamos agradecidos. Inspirados por esta gratitud, adoremos a Dios como a él le agrada, con temor reverente.

– Hebreos 12:28

En un tiempo en el que el terror de la Inquisición española rugía contra todo aquél que enseñaba que la salvación no es por obras, un anónimo poeta español escribió el significativo SONETO AL CRUCIFICADO que planteaba una motivación diferente a la ley moral para servir y adorar a Dios, es decir, el amor que viene de Dios:

No me mueve, mi Dios, para quererte/ El cielo que me tienes prometido,/ Ni el infierno tan temido/ Para dejar por eso de ofenderte

Tú me mueves, Señor, […]

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,/ Que aunque no hubiera cielo, yo te amara/ Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

Este soneto no habla de la doble sustitución, ni del arrepentimiento. Tampoco menciona que Cristo vivió y murió por nuestros pecados. Sin embargo, nos muestra que en aquel tiempo de oscuridad espiritual había alguien que amaba a Dios porque Dios le amó primero. El escritor de la carta a los Hebreos nos urge a ser agradecidos y a adorar a Dios con temor reverente por gratitud. La gratitud es amor en acción. La mujer pecadora que lavó los pies de Jesús expresó su gratitud de esa manera. No tenía agua para lavar los pies de Jesús, pero los lavó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Jesús dijo que ella amó mucho pues sus muchos pecados le fueron perdonados.

El gran mal que hoy daña a los cristianos son los sermones que motivan a los creyentes a servir a Dios para cumplir la ley. No podemos cumplir la ley. Motivar con la ley moral es legalismo. Solo el amor que viene de saber que Cristo obedeció la ley perfectamente y murió en lugar nuestro hace corazones agradecidos. A menos que comprendamos que aun siendo creyentes nuestras buenas obras todavía son trapo de inmundicia, y que Dios las acepta solo por los méritos de Cristo, no podremos apreciar el amor divino en su verdadera dimensión. Solo cuando estamos conscientes de que somos débiles pecadores que necesitan la misericordia y la gracia de Dios cada día surge la gratitud a Cristo.

Oración:

Señor, confieso que, por mi orgullo pecaminoso, quiero merecer tu aprobación. Pero siendo imperfecto, como soy, no alcanzo a cumplir la ley como tú la exiges. Te doy gracias porque Cristo la cumplió en lugar mío y porque él sufrió tu ira en sustitución de mí. En gratitud quiero adorarte con temor reverente. Amén.