(Lectura de la Biblia en tres años: Josué 20, Lucas 9:21–27)

LA GLORIA DE CRISTO

Cuando les dimos a conocer la venida de nuestro Señor Jesucristo en todo su poder, no estábamos siguiendo sutiles cuentos supersticiosos sino dando testimonio de su grandeza, que vimos con nuestros propios ojos. Él recibió honor y gloria de parte de Dios el Padre, cuando desde la majestuosa gloria se le dirigió aquella voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él.»

—2 Pedro 1:16–17

Cuando hablamos de gloria, por lo general, pensamos en lo que resalta, tiene esplendor y es sublime. Es seguro que la gloria de Dios es todo eso. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, los apóstoles dicen que vieron la gloria de Cristo, ¿A qué se referían?

Es indudable que el texto que hoy meditamos se refiere a la transfiguración del Señor. Él llevó a tres de sus apóstoles a un monte y allí ellos le vieron que empezó a brillar con el brillo de la presencia de Dios mismo. Su rostro se hizo como el sol; incluso sus ropas eran de una blancura brillante, como nadie en la tierra las podría emblanquecer. A la nube brillante que rodeo a Cristo Pedro la denomina llama «majestuosa gloria». Por la transfiguración los discípulos entraron en conciencia que Jesucristo era quien decía que era: el Hijo eterno del Padre eterno. Pero la gloria de Cristo es más que solo un resplandor luminoso más brillante que el sol. La gloria de Cristo involucra lo que él mismo es. Es verdad que Cristo es brillante, resplandeciente y sublime. También podemos afirmar que él todopoderoso y temible y tres veces santo (Apocalipsis 1:7,8). Pero por encima de todo eso Cristo es la clara expresión en sentido pleno de lo que Dios mismo es. La Biblia dice que Dios es amor. La definición de ese amor es Cristo mismo. Esa es su gloria. Por amor desinteresado se hizo hombre y tomó nuestro lugar para salvarnos. Obedeció perfectamente las exigencias morales divinas y cargó con el castigo que merecemos por no amar perfectamente a Dios y al prójimo. Como humanos caídos, carecemos del amor perfecto. Por tanto estamos destituidos de la gloria de Dios. Pero gracias a Cristo fuimos perdonados. En gratitud vamos a querer amar a Dios y al prójimo: «Porque Dios, que ordenó que la luz resplandeciera en las tinieblas, hizo brillar su luz en nuestro corazón para que conociéramos la gloria de Dios que resplandece en el rostro de Cristo.» (2 Corintios 4:6)

Oración:

Digno eres, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, la honra y el poder, porque tú creaste todas las cosas; por tu voluntad existen y fueron creadas. Digno eres, Señor Cordero de Dios, porque fuiste sacrificado, y con tu sangre compraste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación, y junto con ellos me compraste a mí. Gracias porque, aunque merezco el infierno, me regalas el cielo. Amén.

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