EL EPOXY DE DIOS

Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida . . . ni cosa alguna en toda la creación podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor. Romanos 8:38,39

Cuando el poderoso pegante epoxy apareció por primera vez en el mercado, un llamativo comercial de televisión ayudó a multiplicar las ventas; ese comercial mostraba a un jugador de fútbol de unos cien kilos de peso suspendido de su casco, que estaba pegado con epoxy al poste de la portería.

El epoxy sigue siendo fuerte, pero es mucho más fuerte el pegante del que habla Pablo: es el amor de Dios por mí. Su amor es tan poderoso que nada podría jamás desprenderme de él. Nada en la vida lo puede hacer, sin que importe lo malo que sea; nada que el futuro pueda traer, sin que importe lo sombrío que sea. Ni siquiera la muerte, a pesar de todo presentimiento, me puede separar del amor de Dios. Ese amor me ata con seguridad a él por toda la eternidad.

No me atrevo a pasar por alto la manera como describe Pablo el poderoso amor de Dios; él dice que es “en Cristo Jesús”. Cuando miro a Jesús en la cruz, veo el amor de Dios en persona. ¡Cuánto debe amarme para hacer eso por mí! Cuando escucho a Jesús gritar con angustia en esa cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, tengo una visión más profunda del amor de Dios, que incluso lo hizo volverle su santa espalda a su Hijo cargado con mis pecados para que yo pueda estar por siempre a su lado. Cuando celebro la resurrección de Jesús, tengo la seguridad de que el firme amor de Dios me va a resucitar. Cuando miro mi fe para creer todas estas cosas, vuelvo a ver su amor, que ha obrado esa confianza en mi corazón.

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Oración:

Señor Dios, te pido que me ayudes siempre a volverme al amor de Jesús y a confiar en que él obra para mi bien en la vida y en la muerte. Amén.