BUENAS NOTICIAS DE PARTE DE DIOS PARA SU PUEBLO

De cierto te juntaré todo, oh Jacob; recogeré ciertamente el resto de Israel; lo reuniré como ovejas de Bosra, como rebaño en medio de su aprisco; harán estruendo por la multitud de hombres. Subirá el que abre caminos delante de ellos; abrirán camino y pasarán la puerta, y saldrán por ella; y su rey pasará delante de ellos, y a la cabeza de ellos Jehová.

—Miqueas 2:12–13, RV60

Hasta aquí todo lo que Miqueas dice es solo dura ley. La ley que nos muestra cómo Dios quiere que seamos, qué quiere que hagamos y dejemos de hacer y cuáles son las consecuencias por desobedecerla. Esa ley, que condena al sufrimiento eterno, tiene que ser predicada a aquellos que persisten en su falta de arrepentimiento: los pecadores impenitentes (1 Timoteo 1:8-10). Pero ahora el profeta trae las buenas noticias. Para los creyentes penitentes de Israel el Señor habla, por medio de Miqueas, el evangelio: Dios hace la promesa misericordiosa de redención por medio del Mesías. Oír eso es como respirar aire fresco.

Esta promesa se cumplió en el remanente de Israel cuando Cristo vino. Jesucristo es el buen pastor que abrió camino para sus ovejas. El remanente de Israel está conformado por todos los creyentes, tanto judíos como gentiles, que fueron constituidos la iglesia de Cristo (Gálatas 3:29; Juan 10:16; Romanos 9:6; 2:28-29).

Al igual que los antiguos israelitas nosotros, los creyentes del nuevo pacto, fallamos pecando contra la voluntad de Dios. Por eso somos merecedores de la condenación eterna. Es solo gracias al buen pastor, que vivió una vida perfectamente justa y derramó su vida a favor de nosotros, que hemos sido incluidos en el remanente de Israel. Por los méritos de Cristo somos descendientes de Abraham, verdaderos judíos con la circuncisión de Cristo y las ovejas de su ganado. En gratitud queremos vivir leales a su servicio.

Oración:

Buen pastor, que me buscaste cuando estaba perdido, que me diste vida cuando estaba muerto en mis pecados y que me amaste cuando solo merecía tu desprecio, por gratitud a tu inmensa e infinita misericordia quiero vivir a tu servicio todo el tiempo que me queda de vida. Concédeme, por el poder del evangelio en los medios de gracia, que no me aparte de tu camino y que no me falte la verdadera para la vida eterna. Amén

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