¡ALÉGRENSE EN EL SEÑOR!

Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense! Filipenses 4:4

¿Alegrarme? ¿No sé cómo? ¿No consiste precisamente en eso toda la estación de Navidad? Ahí están los regalos y las reuniones; la diversión cuando veo a un ser amado abriendo un regalo con el que ni había soñado; la alegría que siento cuando le quito las cintas a los regalos que están marcados con mi nombre; la emoción de ver que la familia está reunida y disfrutando de la compañía mutua. Qué lástima que sea solo una vez en al año.

No hay nada malo con esa alegría de la Navidad; pero mi alegría no puede limitarse a eso. Pablo no estaba pensando en las personas ni en los regalos cuando les dijo a los creyentes de Filipos: «Alégrense siempre”. ¿Cómo podía él estar feliz? El apóstol estaba en una prisión en Roma, injustamente encarcelado por el crimen de hablar sobre su Salvador; y también sabía cuál era la forma normal de salir de una cárcel romana: con la cabeza cortada por el hacha de un verdugo. Sin embargo, les dijo a sus amados hermanos en la fe: “Alégrense siempre”.

“En el Señor”, les recordó. Esa es la clave para la alegría que dura desde una Navidad hasta la siguiente. Como dijo Pablo: “Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que, aunque era rico, por causa de ustedes se hizo pobre, para que mediante su pobreza ustedes llegaran a ser ricos” (2 Corintios 8:9). Y después, agregó: “¡Gracias a Dios por su don inefable! (9:15). Como creyente, yo tengo la alegría que nunca se acaba, porque tengo un Dios cuya gracia es eterna; él me dio, en Jesús, el mejor regalo que tenía, el Salvador del pecado en quien me puedo alegrar cada día de mi vida.

Oración:

Señor, te doy gracias por el regalo de tu Hijo como mi Salvador; te pido que me llenes de alegría por causa de él. Amén.