DIOS ES BUENO Y QUIERE MI BIEN

Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.

– Jeremías 29:11

Cuando en nuestra vida todo marcha como queremos, viento en popa, es fácil decir: «Dios es bueno y quiere mi bien»; pero si todo resulta adverso, especialmente si parece no haber razón para ello, es más sencillo pensar que Dios se ha ensañado con nosotros, o nos ha olvidado, o quizás ni siquiera nos ame.

Los israelitas habían sido deportados a Babilonia. Su templo y ciudades habían sido destruidos. Lejos de su amada tierra, la tristeza y desazón se hicieron presentes en estos exilados. Dios, mediante el profeta Jeremías, les dijo: «Los planes que tengo para ustedes [son] planes de bienestar y no de calamidad». Les mandó vivir en Babilonia como si fuera su hogar haciendo negocios y multiplicándose hasta que la profecía se cumpla y que no escuchen a los falsos profetas que venían a engañarles.

Nosotros no somos muy diferentes a esos exiliados, porque, como el pueblo de Cristo en esta tierra, somos extranjeros y peregrinos (1 Pedro 2:11). Por eso, la Biblia anima orar por el bienestar del país donde vivimos. Si éste prospera, nosotros también. La paz y prosperidad contribuyen positivamente a cumplir el mandato de predicar el evangelio a más personas. El economista y sociólogo Max Weber notó que los países que abrazaron la Reforma prosperaron económicamente más que otros a causa de la ética de los creyentes. En octubre de 2017, como parte de las celebraciones por los 500 años de la Reforma, líderes de diferentes iglesias plantaron árboles en el Lutergarden (jardín de Lutero) inspirados por las siguientes palabras atribuidas a Lutero: «Incluso si supiera que el mundo se acabaría, yo aún plantaría un manzano» Estas palabras reflejan la confianza que los cristianos tienen en Dios, de que aunque vivimos en este mundo que un día se terminará, el Señor está protegiéndonos con su amoroso cuidado hasta cuando vayamos a nuestro verdadero hogar (Mateo 28:11-20).

Sin embargo, cuando las dificultades llegan, tal confianza es sometida a prueba y el corazón duda del amor de Dios. En esos momentos críticos, necesitamos recordar y tener presente que el Señor dio la evidencia definitiva de su amor cuando vino a ser nuestro doble sustituto, al obedecer perfectamente la voluntad divina y al recibir nuestro castigo en la cruz. Tanto nos amó que estuvo dispuesto a recibir toda la ira eterna de Dios sobre sí mismo para que seamos salvos. No hay mayor amor que ése.

Oración:

Señor, no necesito más prueba de tu amor que la que diste en la cruz. No permitas que lo olvide. Amén.