“El Señor es mi pastor; nada me falta” (Salmo 23:1)

EL SEÑOR ES MI PASTOR

El Salmo 23 es una de las partes más conocidas y más apreciadas de la Sagrada Escritura. Y con toda la razón.

Habla directamente de nuestro Salvador Jesucristo. Jesús demostró que es nuestro Buen Pastor, que dio su vida por las ovejas de su rebaño y entonces resucitó. Por medio de su muerte y su resurrección, tenemos la seguridad de que él es en realidad nuestro Salvador y que la esperanza de la vida eterna es una certeza. ¡Cuánto nos alegramos por ello!

Qué gran consuelo que como creyentes podemos expresar esa alegría con la convicción del salmista: ¡“El Señor es mi pastor”! Sí, el Buen Pastor, que murió y resucitó, es nuestro Pastor. Es nuestro con toda su gloria y gracia, su poder y paz, su amor y liderazgo.

“El Señor es mi pastor”. Esas palabras son estallidos llenos de fe y de confianza de cada hijo de Dios. Declaran lo que los creyentes han experimentado como miembros adoptados de la familia de Dios. Durante toda la vida han visto cómo el Pastor los ha atendido y cuidado. Les ha dado un hogar, alimento, ropa, salud y cada necesidad espiritual para su bienestar temporal y eterno.

Habiendo recibido el cuidado constante y tierno en el pasado, cada creyente mira el futuro sin ninguna preocupación ni inquietud. Con serena convicción, por lo tanto, sigue diciendo: “nada me falta”. “Mi pastor”, confiesa, “me dará todo lo que es bueno en sí y bueno para mí. Me dará todo lo que necesito”. Lutero dice: “En esta pequeña palabra ‘pastor’ están reunidas en un todo las cosas bondadosas y reconfortantes que alabamos en Dios”.

“El Señor es mi pastor; nada me falta”. Esta es la fe dinámica de cada creyente. En los próximos días, las devociones en este libro considerarán muchas bendiciones individuales que nuestro pastor suple. A medida que las consideremos, que sea con la certeza del escritor del himno que dice:

Oración:

El rey de amor es mi pastor, Su amor es verdadero; Su amparo no me faltará Pues yo soy su cordero. Amén. (CC 239:1)

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