CONFIESE A DIOS SUS PECADOS CORRECTAMENTE

Pero en el Lugar Santísimo sólo podía entrar el jefe de los sacerdotes, y esto, sólo una vez al año. Entraba llevando la sangre de los animales, que él y el pueblo ofrecían para pedir perdón a Dios cuando pecaban sin darse cuenta.

– Hebreos 9:7 (Traducción en Lenguaje Actual)

Hace muchos años atrás leí un folleto que trataba acerca de cómo mantener limpia de pecado la vida espiritual. En uno de sus subtítulos explicaba que para poder ser perdonado había que «confesar los pecados inmediata y detalladamente» ¿Enseña la Biblia tal cosa? Si uno cree que la confesión gana el perdón de pecados entonces tal recomendación no solo es lógica sino también indispensable. Pero la Biblia enseña que es Jesucristo quien ganó el perdón de pecados para nosotros y que tal perdón es ofrecido gratuita e incondicionalmente.

Todos los seres humanos hemos heredado de Adán una poderosa inclinación al pecado que nos contamina. A esta herencia de Adán usualmente se la denomina «viejo Adán» y «pecado original». Eso significa que si no hubiéramos cometido ningún pecado todavía seríamos pecadores pues el impulso para pecar nace con nosotros (Salmo 51:5). Esa naturaleza pecadora con la que nacemos se caracteriza por tener un buen concepto de sí mismo. Por naturaleza pensamos que somos muy buenos y que difícilmente llegaríamos a ser tan pecadores como los demás. Es debido a esta tan buena opinión que tenemos de nosotros mismos que nos es casi imposible percibir que pecamos continuamente y de maneras muy horrorosas. Por esto el sumo sacerdote israelita tenía que ofrecer la sangre por los pecados de ignorancia. Es verdad, cometemos muchos pecados de los cuales no tenemos conciencia de haberlos cometido. Por esta razón es imposible confesar todos nuestros pecados.

Martín Lutero, en su breve instrucción cristiana nos da esta saludable enseñanza: «Ante Dios debemos declararnos culpables de todos los pecados, aun de los que no somos conscientes, como lo hacemos en el Padrenuestro».

Oración:

Señor, confieso que he nacido pecador y que continuamente te ofendo incluso con pecados de los cuales no estoy consciente. Pero sí sé que te he desobedecido con mis pensamientos, palabras, acciones y omisiones. Por esto merezco toda tu ira y tu castigo tanto ahora como eternamente. Te doy gracias por Jesucristo quien obedeció perfectamente en lugar de mí y sufrió por mí el castigo por estos pecados. Gracias a él tengo tu perdón. Amén.