“¡Llénate de alegría, hija de Sión! ¡Da voces de júbilo, hija de Jerusalén! Mira que tu rey viene a ti” (Zacarías 9:9)

ÉL VINO PARA DAR ALEGRÍA

Cuando Zacarías escribió esas palabras, había poco de que alegrarse. El pueblo de Judá había regresado recientemente del cautiverio en Babilonia. La oposición samaritana había interrumpido la obra del templo. Los judíos habían caído en desgracia ante el monarca persa de esas fechas. El pueblo de Dios adolecía de apatía espiritual. Para mover a su pueblo a la acción y también para consolarlo, el Señor envió a los profetas Zacarías y Hageo. En medio de la melancolía de Judá, Zacarías expresó: “Llénate de alegría… tu rey viene a ti”. Dios enviaría a su Hijo a rescatar a su pueblo. Esto era motivo de alegría.

El pueblo de los días de Jesús también vivió tiempos deprimentes. Estaba bajo el dominio del gobierno romano. Los cobradores de impuestos les cobraban de más y les amargaban la vida. Los líderes religiosos de esos días inducían al pueblo al error y lo oprimían. Sin embargo, en medio de esa melancolía, Cristo trajo alegría. Cuando nació en Navidad, los ángeles llenaron los campos de Belén con sus cánticos de alegría. El hijo de Dios se había hecho carne. Esto causó regocijo. Cuando el anciano Simeón sostuvo al Niño Jesús, alabó con júbilo al Señor.

Fuera a donde fuera, Jesús llevó alegría a la vida de los pecadores. Ya fueran cobradores de impuestos, como Zaqueo o Mateo, o una mujer sorprendida en adulterio, o el ciego Bartimeo, Jesús llevó alegría a sus vidas. Esa alegría no era una simple emoción superficial que pronto se desvanecía. Más bien, Jesús llevó alegría basada en el perdón de los pecados y en la certeza de la vida eterna.

En nuestros días, la gente también vive en circunstancias deprimentes. La gente tiene problemas económicos, de salud, matrimoniales y un sinfín de otros problemas. La gente puede ser víctima del crimen, del desempleo o de desventajas sociales. Todos podemos señalar un número de problemas que nos desconciertan. Pero sea cual sea el problema que tengamos, todavía tenemos todos los motivos para ser felices y llenarnos de alegría. Jesús vino para salvarnos de la muerte y del infierno. Somos hijos de Dios por medio de la fe en él. Nuestro Rey hace que sea posible para nosotros reinar con él en el cielo. Viviremos para siempre en presencia de nuestro Rey ante su trono. No hay mayor alegría que esta.

Oración:

“Los ángeles te alaban con celestial canción. Y el eco la repite; también la creación. El pueblo jubiloso, con palmas te aclamó; Nosotros te adoramos con fe y con devoción. Amén. (¡Cantad al Señor! 1:2)

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