EL CRISTO CELOSO

Cuando se aproximaba la Pascua de los judíos, subió Jesús a Jerusalén. Y en el templo halló a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, e instalados en sus mesas a los que cambiaban dinero. Entonces, haciendo un látigo de cuerdas, echó a todos del templo, juntamente con sus ovejas y sus bueyes; regó por el suelo las monedas de los que cambiaban dinero y derribó sus mesas. A los que vendían las palomas les dijo: —¡Saquen esto de aquí! ¿Cómo se atreven a convertir la casa de mi Padre en un mercado?

Sus discípulos se acordaron de que está escrito: «El celo por tu casa me consumirá».

– Juan 2:13-17

¿Sintió celos consumidores alguna vez? ¡Son casi insoportables! Los celos no son necesariamente algo malo. La palabra celos puede denotar una cualidad o emoción positiva o negativa dependiendo el significado que le asignemos conforme al contexto. Cuando se refiere al temor de que la persona que amamos ya no nos quiera o que el amor que nos tenía ahora lo tenga por otra persona y tal sospecha o temor se haga obsesivo, entonces hay celos negativos. Por otra parte, si se refiere al cuidado, diligencia y esmero aplicado a algo, entonces hablamos de celo en sentido positivo, hablamos de un celo piadoso.

La Biblia nos dice que Cristo tuvo esta clase de celo por la casa de Dios, un celo positivo que viene de la actitud que Jesús tiene hacia lo que es de Dios. Él consideraba que el templo de Dios era un recinto sagrado y hacer de ese sitio un mercado era profanarlo. Esto le causó tal enojo que expulsó a los mercaderes azotándolos con un látigo hecho de cuerdas. Jesús es el Hijo de Dios y como tal refleja las cualidades y características del Padre. Dios dice que él es celoso (Éxodo 34:14; Deuteronomio 6:15). El Dios cuyo nombre es «Celoso» nos purificó para que seamos su pueblo «celoso de buenas obras» (Tito 2:14; Apocalipsis 3:19).

Lastimosamente hemos fallado en serlo. Hemos fallado cuando permitimos que la adoración, la enseñanza, nuestras propias vidas sean profanadas cuando no santificamos el nombre de Dios, su Palabra, o cualquier otra cosa consagrada a él. Nuestra falta de celo por lo divino enoja a Dios (Mateo 25:26). Pero gracias sean a Cristo, pues él sí fue celoso y diligente en lugar de nosotros y recibió por nosotros la ira de Dios padeciendo el castigo eterno sobre sí mismo. Puesto que «Bueno es mostrar celo en lo bueno siempre» (Gálatas 4:18), en gratitud vamos a querer ser celosos piadosamente «en lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor» (Romanos 12:11).

Oración:

Señor, confieso que no he sido diligente ni ferviente de espíritu en mi devoción hacia ti de la manera que tú lo demandas. Gracias te doy por Jesucristo quien sí lo fue en lugar de mí y fue castigado por este mi pecado. En gratitud quiero ser ferviente de espíritu y celoso de buenas obras. Te ruego me lo concedas por Jesucristo. Amén.