LA DESTRUCCIÓN DE JERUSALÉN PROFETIZADA

Por lo tanto, por culpa de ustedes

Sión será como un campo arado;

Jerusalén quedará en ruinas,

y el monte del templo se volverá un matorral.

— Miqueas 3:12

Los líderes de aquél tiempo trataron de edificar a Jerusalén con corrupción y pecado, pero solo lograron traer destrucción. Por esto el profeta anuncia el panorama desolador que vendría sobre ellos: Destrucción completa, devastación total. La corrupta Jerusalén allanada por la maquinaria de guerra de la poderosa Babilonia en el año 586 a.C. El descriptivo informe de cómo Babilonia sometió a Jerusalén quedó registrado en 2 Reyes 25:8-21. El profeta Jeremías suministra una descripción conmovedora del horror y el sufrimiento del pueblo durante y después del sitio (Lamentaciones 1:1; 2:14). Este profeta fue librado de morir injustamente cuando unos ancianos citaron la profecía que meditamos hoy (Jeremías 26:17–19).

Cuando el Señor advierte que su juicio vendrá para castigar el pecado de un pueblo, nación o grupo humano (el uso de la ley como espejo y martillo) lo hace para permitir que los pecadores teman y así sean conducidos al arrepentimiento. Si tales pecadores, aterrorizados, lamentan su pecado, Dios les anuncia el perdón que Cristo ganó por ellos. Esta oportunidad dispuesta por el Señor se llama «tiempo de gracia». Todos hemos nacido pecadores y merecemos ir directo al infierno, pero Dios nos da un «tiempo de gracia» que dura el tiempo que permanecemos vivos. Cuando ese tiempo concluye morimos y vamos al juicio (Hebreos 9:27). Si rehuimos finalmente la salvación durante el tiempo de gracia no hay más oportunidad para nosotros. El antiguo Israel tuvo un nuevo tiempo de gracia hasta la venida del Mesías. Puesto que rechazaron el amor de Dios en Cristo, Jerusalén y el templo fueron otra vez destruidos el año 70 d.C. Flavio Josefo, historiador judío, dice: «Los encargados de destruirla allanaron de tal manera el ámbito de la ciudad, que daba la impresión de que ese sitio jamás hubiese sido habitado». (Guerras de los Judíos, libro 7; 1:1). Hoy las ruinas del templo nos recuerdan que Dios cumplirá sus juicios contra el mundo pecador. Pero mientras tanto todavía hay un tiempo de gracia para las naciones gracias a los méritos de Jesucristo, «el Dios viviente, que es el Salvador de todos los hombres, mayormente de los que creen.» (1 Timoteo 4:10) En gratitud no vamos a querer descuidar una salvación tan grande.

Oración:

Señor, tu palabra me asegura que en Cristo me amaste con amor eterno y que por su obediencia perfecta en lugar de mí y su sacrificio expiatorio a favor mío tengo libre entrada a tu presencia y la salvación eterna. Te suplico me afirmes en la verdadera fe para la vida eterna. Amén.

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