YA NO SOMOS HUÉRFANOS

No los voy a dejar huérfanos; volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá más, pero ustedes sí me verán. Y porque yo vivo, también ustedes vivirán. Juan 14:18,19

¡Qué espectáculo tan triste!: Un trágico accidente de tráfico había apagado la vida de sus padres. Los dos pequeños niños estaban sentados en el funeral de sus padres, sin siquiera saber por qué estaban solos. Algo muy similar a lo que les ocurrió a esos primeros discípulos.

La aparente amarga tragedia de la noche del Jueves Santo se iba a llevar a Jesús lejos de ellos, para comenzar el camino a la cruz y a la tumba. Su sangre iba a ser derramada, y su corazón se iba a detener. Una piedra lo iba retener en la tumba; él no iba a estar con ellos nunca más. Los discípulos se sintieron como verdaderos huérfanos.

Pero no por mucho tiempo. Jesús les prometió que iba a regresar a ellos y que su tristeza se iba a convertir en alegría. Su crucifixión fue en pago por los pecados de ellos. Su resurrección fue la prueba de que el pago fue suficiente, y también fue la garantía de que ellos también iban a vivir. Así como su muerte contó para ellos, también contó para ellos su resurrección. El haber visto al Señor vivo les dio la seguridad de que ya no eran huérfanos.

Yo también lo he visto. Tal como Jesús lo prometió, envió a su Espíritu para obrar la fe en mí para que lo vea. El crucificado y resucitado Salvador viene a mí en mi bautismo, por medio de la Palabra, en la Santa Cena del Señor, y me dice: “Tú no estás solo. Yo estoy contigo con mi perdón, con mi paz y con mi promesa del cielo. Tú no eres huérfano, y por tanto no actúes como si lo fueras. Tú eres mío, así que regocíjate porque lo eres.”

Oración:

Señor, te doy gracias porque enviaste a tu Espíritu para darme la seguridad de que yo soy tuyo y que tú eres mío. Amén.