(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 16, Mateo 5:31-37)

¿DE DÓNDE PROVIENE NUESTRA RIQUEZA?

Respondió Abram al rey de Sodoma:

—He jurado a Jehová, Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que ni un hilo ni una correa de calzado tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: “Yo enriquecí a Abram”.

— Génesis 14:22-23, RV95

El patriarca Abram (posteriormente llamado Abraham) no era enemigo de los regalos. Poco antes, había aceptado pan y vino del rey de Salem, y algunos años atrás había aceptado regalos muy generosos del faraón de Egipto. ¿Por qué motivo no aceptó lo que el rey de Sodoma le ofrecía?

Cuatro reyes guiados por Quedorlaómer, el rey de Elam (parte de Irán), saquearon Sodoma y Gomorra llevando cautivos a sus habitantes, entre ellos a Lot, el sobrino de Abram. Abram al mando de 318 hombres fue a rescatarlo. Dios le dio la victoria y no solo rescató a su sobrino sino también a todos los cautivos y toda la riqueza saqueada. Esta victoria militar fue una notable demostración de que Dios estaba de parte de Abram. En reconocimiento de esto, Melquisedec, el sacerdote-rey de Salem recibió a Abram con honores reales, le preparó un banquete y honró al Dios de Abram como el autor de esta victoria. El rey de Sodoma, reconociendo que Abram tenía el derecho de quedarse con los cautivos y los bienes materiales, le pidió que no retenga a los cautivos rescatados. Pero Abram le dijo al rey de Sodoma que le devolvía todo, las personas y los bienes materiales para que nadie piense que fue la riqueza de Sodoma la que hizo rico a Abram. Hizo esto pues él tenía puesta la mirada en las verdaderas riquezas, las eternas, «Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa, porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor.» (Hebreos 11:9-10) Abram no estaba interesado en la riqueza material sino en la celestial.

Dios quiere que nos enfoquemos en la riqueza celestial y nos prohíbe afanarnos en acumular riqueza material (Mateo 6:19-21 cf. Salmo 62:10; Hebreos 11:24-26). No es malo ser rico materialmente, pero amar esa riqueza es un pecado por el que merecemos toda la ira de Dios (1 Timoteo 6:10) Jesucristo cumplió perfectamente este mandamiento de Dios en lugar de nosotros y sufrió el castigo que merecemos siendo nuestro sustituto. Así con sus méritos ganó riquezas espirituales para los pecadores arrepentidos que confían en él. En gratitud vamos a querer enfocarnos en las riquezas celestiales.

Oración:

Señor Jesucristo, te hiciste pobre para que yo sea rico en riquezas eternas. Con el poder de tu evangelio en los medios de gracia, concédeme que yo sea un buen administrador de tus riquezas.   Amén. 

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