(Lectura de la Biblia en tres años: 2 Samuel 14, Lucas 24:6–12)

INVESTIDOS DE PODER DESDE LO ALTO

Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

—Hechos 1:8

Cuando el apóstol Pablo escribió: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro mensaje?» estaba citando al profeta Isaías que como él y como nosotros mismos también fue testigo del rechazo que muchos expresan contra la Palabra de Dios. En tales circunstancias tenemos la impresión de que no somos buenos para predicar y que tal vez, si tendríamos mejores argumentos, algunos recibirían nuestro mensaje. Como resultado de ello, hoy los cursos de entrenamiento en apologética son muy populares. Aunque la apologética (los argumentos que presentan la fe razonable) son de alguna utilidad no tienen el poder de crear la fe salvadora. ¿Por qué?

Un médico, que conoce muy bien los daños que el tabaco causa en el organismo, puede tener tal adicción y saber muy bien en que concluirá su problema y aun así no poder librase del mismo. De igual modo, el pecado que domina al ser humano no tiene que ver con el intelecto, sino con el corazón. El arrepentimiento y la fe tampoco dependen del intelecto sino del corazón. La fe no es cuestión de razonamiento sino de actitud y eso es del corazón. Los razonamientos por muy bien que hayan sido elaborados y por muy lógicos que sean no pueden crear fe. Solo el Espíritu Santo puede hacerlo, y lo hace por el poder del evangelio. Como está escrito: «Las personas llegan a confiar en Dios cuando oyen el mensaje acerca de Jesucristo.» (Romanos 10:17, TLA; cf. 1:16; Isaías 55:11). Sí, el evangelio es poderoso, tiene el poder de crear fe en el corazón humano.

Pero si el evangelio tiene tal poder ¿Cuál es el poder que Cristo promete a sus discípulos en el texto de la meditación de hoy? Los discípulos ya conocían el poder del evangelio pues ellos mismos eran creyentes por la fe que Dios les dio por ese mismo evangelio. Sin embargo, carecían de la intrepidez, el denuedo, para dar testimonio de Cristo. Cuando vino el Espíritu Santo sobre la iglesia el día de Pentecostés, ellos predicaron a Cristo a pesar del peligro de ser arrestados. Hoy ese mismo poder nos viene en el evangelio junto con la fe salvadora pues ya fue dado a la iglesia hace dos mil años. A medida que escuchamos buenos sermones que distinguen apropiadamente entre la ley y el evangelio de nuestro interior brota, en gratitud por la salvación gratuita, el anhelo de compartir la fe. Cuanto más compartimos a Cristo más crece ese anhelo.

Oración:

Señor, gracias te doy porque me has iluminado con la luz de tu evangelio. Te suplico que siempre brilles en mí. Brilla en mí reflejando la luz del Padre, tu glorioso evangelio de amor. Gracias a ti puedo reposar de querer salvarme por mis propios méritos y quiero compartir este gozo con los demás. Amén.

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