¿POR QUÉ YO?

No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure. Juan 15:16

“¿Por qué yo?” Esa puede ser una pregunta desesperada cuando sucede algo terrible; o puede ser una exclamación de alegría cuando llega algo maravillosamente bueno en la vida. No creo que tengamos que pensar en lo que significa esa pregunta cuando se aplica a nuestro versículo.

¿Por qué me eligió Jesús para que sea suyo? Eso es así, yo no lo elegí, él me eligió; yo no lo encontré, él me encontró. Yo no llegué a la fe en él, él me llevó a la fe. Hay una sola razón por la que yo creo en él como mi único Salvador y el camino al cielo; ¡él me eligió! No fue porque yo era mejor que otros pecadores o porque fuera más fácil de convertir; mi corazón estaba tan endurecido en la incredulidad y la carga de pecado en el corazón era tan enorme como en los corazones de todos los demás. Él me eligió por gracia y solo por gracia.

¿No surge entonces la gozosa pregunta: “¿Por qué yo, Señor?” Simplemente no soy capaz de apreciar suficientemente la gracia de Dios que me ha llevado a la salvación. No me puedo maravillar lo suficiente del amor de Dios que me hizo hijo suyo y heredero del cielo. Cuanto más miro mi absoluta indignidad y su gracia que no merezco, más me alegro cada día diciendo: “Te doy gracias, Señor, porque me elegiste”. Y mientras le doy gracias, les contaré a otros sobre él; ellos también necesitan su gracia; también necesitan escuchar que él los salva. Quiero que ellos también se unan a mí, preguntando con gozo eterno en el cielo: “¿Por qué yo, Señor?”

Oración:

Te doy gracias, Señor, por tu gracia al elegirme; te pido que llenes mi corazón con el gozo de la salvación. Amén.