(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 13:1–23)

VIERNES SANTO

Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar de la Calavera (que en arameo se llama Gólgota). Allí lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Pilato mandó que se pusiera sobre la cruz un letrero en el que estuviera escrito: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos.»

—Juan 19: 17-19

¿Cómo puede ser llamado viernes santo un viernes en el que se cometió el mayor crimen de toda la historia?

El que fue clavado en aquella cruz no fue un criminal cualquiera, ni el peor de todos los criminales. No fue clavado allí un revolucionario luchador que pugna por nobles ideales. No colgaba de la cruz un desorientado fanático religioso deseoso de honra y popularidad. No levantaron en esa cruz a una débil victima de las circunstancias injustas del sistema. De la cruz pendía nada más y nada menos que el propio Hijo de Dios, el Mesías prometido, Dios, el Verbo hecho carne. Ése no era otro que Jesús de Nazaret, el Rey de los judíos. Nunca pisó la tierra nadie más inmaculado, santo y justo que él.

Ciertamente el juicio y posterior crucifixión y muerte de Jesucristo es el mayor crimen e injustica que pudo haberse cometido en toda la historia de la humanidad. Pues él es plenamente inocente de cualquier acusación y cargo en su contra. Pero a este craso acto de maldad, Dios lo transformó en la mayor muestra de amor y misericordia jamás mostrado. En lugar de enviar un castigo por el que caiga toda la ira divina contra la humanidad perversa, capaz de semejante crimen de odio contra el Verbo encarnado, Dios carga, en el crucificado, la totalidad de los pecados de la humanidad, habidos y por haber. Y todo el mérito de aquél Justo incomparable, Dios lo acredita a favor de los seres humanos, declarándolos justos por la justicia de Cristo. Es mediante este intercambio que aquél fatídico y despreciable viernes es hecho santo. Pues en ese viernes nuestra salvación fue sellada y el perdón logrado. El Cristo en la cruz ya no es la evidencia de la maldad humana sino la firme y definitiva demostración del amor de Dios. Aquella imagen del Hijo de Dios, puro y santo injustamente colgado de la cruz y no representa lo horrible de la naturaleza pecadora del hombre que en su irreverencia hacia Dios es capaz aún de matarlo. Por el contrario, ahora tal escena nos habla de cuán lejos puede llegar el amor de Dios. Reconociendo nuestras faltas y admitiendo que quién realmente debería estar allá es cada uno de nosotros, en gratitud vamos a querer vivir devotamente consagrados a él.

Oración:

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni el infierno tan temido. Tú me mueves, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido. Muéveme, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno, te temiera. Amén.  

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