RELACIÓNENSE EN EL SEÑOR

Que su amabilidad sea evidente a todos. El Señor está cerca. Filipenses 4:5

¿Qué tan grande es mi Navidad? ¿Se limita a un saludo, a enviar una tarjeta, a esbozar una sonrisa? ¿A romper un poco el hielo con las pequeñas amistades en esta época del año? ¿Está, como se quejó el poeta en “No lo Abra Hasta la Navidad”: “Sellada implacablemente todo el año; hasta cuando la buena voluntad y la ternura prorrumpen en una canción; pero, por una lógica curiosa, los hombres temerosos la vuelven a sellar después de la estación”?

¿Cuáles son mis pensamientos en estos días? ¿Pienso en lo que voy a recibir de otras personas? ¿Pienso que lo que les di el año pasado me costó más que lo que ellos me dieron? Esa clase de pensamientos no expresa un espíritu de amable preocupación por los demás, sino una egoísta preocupación por mí. Esos pensamientos me roban la alegría de la Navidad. Un ladrón aún más grande de la alegría es la preocupación conmigo mismo, por causa de mis pecados. Sí, por supuesto que necesito estar preocupado por mis fallas. Pero sabiendo lo cercano que está el Señor , en arrepentimiento, le llevo a él esos pecados. Confío en lo que me dice en su Palabra, que los ha sumergido en las profundidades de su perdón. Me alegro porque, en su infinito amor, no me trata como merezco, sino me perdona por los méritos de su Hijo.

Estoy rodeado por personas de toda clase, no solo en la época de Navidad sino a lo largo de mi vida. Pablo me recuerda que hay solo una manera de tratar con esas personas. Así como Dios en su tierno amor envió a su Hijo a lavar mis pecados, yo quiero tratar con amabilidad a mi prójimo. La amabilidad de Dios en Cristo es contagiosa; y cuando yo la tengo, la extiendo a otros.

Oración:

Señor, te pido que me ayudes a ser como Jesús: manso, humilde, cariñoso, amable. Amén.