En tus manos encomiendo mi espíritu; ¡ponme a salvo, Señor, Dios de la verdad! (Salmo 31:5)

LAS MANOS DE DIOS RECIBEN MI ESPÍRITU

¿Suenan familiares las palabras del autor del salmo? Deberían. Las escuchamos durante la Cuaresma y especialmente el Viernes Santo. Con esas palabras, la humillación de Jesús tuvo un final exitoso. Había sufrido la culpa de los pecados del mundo, había sido abandonado por Dios mientras estaba en la cruz, y ahora, con esas palabras le estaba pidiendo a su Padre celestial que lo recibiera en su lugar exaltado a la mano derecha de Dios. Nadie le quitó el espíritu a Jesús. Él lo depositó en manos de Dios, sabiendo que las manos de su Padre estaban allí para llevarlo a casa.

Esta es la promesa de Dios para todos los que creen en su Hijo. Porque Jesús fue exaltado, podemos seguir a Jesús a su gloria. Cuando experimentemos los últimos momentos en esta tierra, podemos exclamar a nuestro Padre celestial: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Podemos estar seguros de que las manos de Dios recibirán nuestro espíritu.

Cuando mi hija era chica, le gustaba saltar del lado de la piscina pública. Solo lo haría si yo estaba en el agua, con las manos levantadas para sostenerla. Entonces ella saltaba después de que yo repetía la promesa de cogerla y no dejaba que su cabeza estuviera debajo del agua. Ella sabía que la salvaría, porque dije que lo haría. Le dije la verdad y ella confió en mi palabra.

¿Hay alguna diferencia entre nosotros y nuestro Padre celestial? Dios dice en su palabra: “El espíritu volverá a Dios, que lo dio” (Eclesiastés 12:7). Dios promete que por medio de la fe en Jesucristo, nuestra alma ha sido declarada inocente de pecado. Viviremos con él para siempre.

Sabemos que esto pasará porque Dios lo dice así. Como todos los padres humanos, no siempre he cumplido mi palabra. Aunque nunca dejé que mi hija se hundiera, hubo otras veces cuando hice promesas que no cumplí. Dios nuestro Padre celestial, sin embargo, no es como los padres humanos. No se echa para atrás en su palabra. Dios no puede cambiar de parecer; no puede decir nada que no sea la verdad, porque él es la Verdad. Dios recibe mi espíritu a diario cuando acudo a él en humilde confesión y en oración. Al final de mis días, las manos de Dios recibirán mi espíritu cuando deje esta tierra. Dios promete que esto será así. Con esa verdad me voy.

Oración:

Padre celestial, recibe mi espíritu cuando acudo a ti en fe. No puedo salvar mi alma. He pecado y no merezco ser llamado hijo tuyo. Pero has prometido recibirme en tu hogar eterno. Permite que esta sea mi esperanza constante. Amén.

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