GRACIAS A CRISTO ESTOY EN PAZ CON DIOS

En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

– Romanos 5:1

Tres obstáculos deben ser superados para tener una buena relación con Dios: la ignorancia acerca de cómo es Dios, la ira de Dios contra nosotros pecadores, y nuestro orgullo pecaminoso que es forma de nuestra naturaleza caída.

Muchas personas imaginan que su relación con Dios no está deteriorada. Pero cuando piensan en la muerte saben que tienen miedo de comparecer ante Dios. ¿Por qué? Esto sucede porque la mayoría de las personas solo conoce una parte de la verdad acerca de Dios. Conocer un solo aspecto de Dios constituye el obstáculo de la ignorancia que mencionamos antes. Las personas, muchas veces, solo conocen la justicia de Dios, y saben que él odia el pecado, exige que no pequemos, y dice que castigará nuestros pecados. Como es Dios de justicia, hará lo que dice.

Aquí tenemos un tremendo problema, pues todos hemos pecado. Aunque tratamos de hacer muchas cosas buenas, sabemos que también hicimos cosas contra la voluntad de Dios. Dios toma muy en serio la desobediencia pecaminosa. Por esto el castigo que merecemos por nuestros pecados es la condenación eterna en el infierno. Dios en su palabra describe el infierno como un lugar de tormento eterno horrible del que no hay escape, ni hay una segunda oportunidad, no hay descanso. Cuando nos toque comparecer ante el Señor para ser juzgado, él, como Dios de justicia, tendrá todo el derecho de enviarnos allá por toda la eternidad. Visto así, Dios no parece muy amoroso, sino vengativo; un Dios implacable que castiga al hombre solo porque no es capaz de lograr lo imposible.

Pero Dios tiene otro aspecto, además del de su justicia. Ese aspecto es su gracia, un amor desinteresado e incondicional por el cual él no quiere enviarnos al infierno por toda la eternidad. No obstante, su justicia exige que seamos castigados.

¿Cómo resolvió Dios este conflicto? Él envió a su Hijo para vivir la vida perfecta y sin pecado que Dios había exigido que nosotros lleváramos. Jesús se sometió a la ley de Dios y la obedeció perfectamente sustituyéndonos. Después, siendo inocente, murió, sufriendo así el castigo por cada pecado que el mundo ha cometido y cometerá, incluyendo los pecados de usted y los míos. Jesús recibió el castigo, y nosotros el perdón. Eso fue un gran intercambio. Gracias a los méritos de la justicia de Jesucristo estamos en paz con Dios.

Oración:

Señor, no merezco todo lo que hiciste por mí. Mi relación contigo ha sido restaurada solo por tus méritos. Por eso solo puedo decir, gracias. Amén.