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“Y vestían ropas blancas; en sus manos llevaban ramas de palma… Son los que han lavado y emblanquecido sus ropas en la sangre del Cordero” (Apocalipsis 7:9,14).

Contemple la multitud vestida de blanco —admire sus ropas blancas

En el cielo hay un código de vestir muy estricto. Todos deben usar una vestidura que sea perfectamente blanca. No se tolerará ninguna mancha.

Si hay algo que tengamos en abundancia en la sociedad de la actualidad, son jabones, detergentes, blanqueadores y quitamanchas. Se les hace publicidad por todos los medios, y sus proveedores hacen afirmaciones extravagantes de todos ellos. Sin embargo, todos estos productos juntos jamás podrían producir la blancura perfecta que Dios exige.

Dios tuvo que proporcionarnos esas vestiduras perfectamente blancas. No están hechas de fibras como de algodón o lana, lino o seda, tampoco están hechas de materiales sintéticos como el nailon o el poliéster. Están hechas de justicia y santidad. El escritor del himno nos enseñó a cantar: “Tu sangre, ¡oh Cristo!, y tu justicia mi gloria y hermosura son; feliz me acerco al Padre eterno, vestido así de salvación” (CC 218:1).

Las vestiduras blancas que los confirmados usan son recordatorios de que su Salvador los ha vestido con su perfecta justicia. Se vistieron de Cristo y de su santidad ya en el sacramento del Santo Bautismo, y la palabra de Dios que estudiaron a fin de prepararse para la confirmación hace que esas vestiduras permanezcan perfectamente blancas. Es una tragedia cuando una persona piensa que la necesidad que tiene de la palabra de Dios ya ha quedado atrás.

Mientras vivamos en este mundo pecador, manchamos nuestras vestiduras día tras día. Las dejamos tan manchadas con la mugre del pecado que parece imposible limpiarlas y blanquearlas otra vez. No obstante, se deben limpiar y se pueden limpiar, pero solo de una manera. Deben lavarse en la sangre del Cordero. Esto se hace cuando Cristo nos confiere su justicia perfecta en nuestro bautismo. Debemos ponernos esas vestiduras de nuevo cada día. Siempre que acudimos a la Santa Cena, recibimos su verdadero cuerpo y su verdadera sangre y el perdón que ganaron para nosotros en la cruz. La sangre de Jesucristo, el Hijo de Dios, nos limpia de todo pecado. En verdad, quedamos limpios de todo pecado por medio de la fe en él.

El perdón de Dios siempre es completo. Nunca perdona algunos pecados y otros no. Incluso todas nuestras faltas secretas las ha perdonado. El arrepentimiento no es un acto formal o un ritual para ganar uno por uno el perdón de pecados, sino es una actitud que busca limpieza en la sangre de Cristo.

Oración:

Lávame con tu sangre, querido Salvador, y seré más blanco que la nieve, debidamente vestido para unirme a los santos ante tu trono. Amén.

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