¿ENTRÓ ÉL?

Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo. Apocalipsis 3:20

Muchos de nosotros hemos visto la pintura “Cristo a la puerta del corazón”; en ella, Jesús está junto a una puerta cerrada, llamando para que le abran. Mirando la escena, una niña pequeña le preguntó a su padre: “¿Entró él?”

Buena pregunta. Antes de que yo responda, necesito mirar al que está golpeando. ¿Veo las heridas de los clavos en sus manos? Esas heridas me dicen que él ha hecho lo que nadie más podría haber hecho por mí: fue herido por mis transgresiones, por sus llagas soy curado. Miro de nuevo, esta vez a la puerta. ¿Noto que está completamente cubierta de ramas y enredaderas? Eso me dice lo que yo no pude hacer: no le pude abrir mi corazón a la llamada del Salvador. No pude deshacerme del poder de la incredulidad que me controla. “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes”, me recuerda el Salvador (Juan 15:16). Jesús no solo está llamando a la puerta de mi corazón, sino que la abre con el poder de su evangelio.

Noto también por qué llama a la puerta: quiere entrar y cenar conmigo. En la época de Jesús, la gente compartía la mesa de la cena solo con los amigos más cercanos. Jesús, mi mejor amigo, quiere compartir conmigo lo mejor que tiene para ofrecer: su perdón, su paz y su promesa del cielo. Y quiere llevarme finalmente al salón del banquete en el cielo, donde voy a estar sentado con él por la eternidad.

Oración:

Señor Dios, te pido que me ayudes a responder: “Ven, señor Jesús, para que seas mi invitado y me bendigas con tus dones”. Amén.