CUANDO EL UNGIDO CAE

Samuel respondió: «¿Qué le agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios, o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrificio, y el prestar atención, más que la grasa de carneros. La rebeldía es tan grave como la adivinación, y la arrogancia, como el pecado de la idolatría. Y como tú has rechazado la palabra del Señor, él te ha rechazado como rey.»

– 1 Samuel 15:22-23

¿Cuál es la mejor ofrenda que podemos presentar al Señor? ¿Quizás un largo, devoto y sincero ayuno, o una hora de consagrado canto de alabanzas? ¿Tal vez una fuerte cantidad de dinero que nos haya costado mucho ganar? Según la Biblia, ninguna de estas cosas.

La gente de Israel pidió insistentemente a Dios que les provea de un rey. El profeta Samuel fue comisionado por el Señor para ungir a Saúl como el primer rey de Israel. Saúl, como cualquiera de nosotros, no tenía ningún mérito especial y fue llamado a este ministerio por la bondad del Señor. Sin embargo, pronto cayó en el lazo del diablo al permitir que la arrogancia llene su corazón, pues en lugar de someter su voluntad a la palabra de Dios prefirió guiarse por su propia sabiduría prestando mayor atención a su razón humana.

Siendo el ungido de Dios, se le ordenó a Saúl que cumpliera el juicio de Dios sobre los amalecitas (Deuteronomio 25:17–19). Nadie se había opuesto tan atrevidamente a Jehová como lo habían hecho los amalecitas, y Saúl debía exterminar a los amalecitas e incluso a sus animales. Ante la contundente victoria, Saúl creyó conveniente quedarse con los mejores ejemplares de los animales de los amalecitas y conservar vivo a su rey Agag. El texto de hoy nos revela la sentencia de Dios para Saúl por esta abierta desobediencia.

En la actualidad los cristianos también desobedecemos la palabra de Dios para seguir tras «lo más razonable». Cuando encontramos un mandato o enseñanza bíblica que se opone a lo razonable abandonamos la Biblia y nos sometemos a nuestra razón. Esto es desprecio a la palabra de Dios y por tal motivo merecemos toda la ira de Dios. Jesucristo vino para obedecer perfectamente toda la voluntad de Dios en lugar de nosotros (Romanos 5:19) y recibió en la cruz, por nosotros, el castigo que merecemos. En gratitud vamos a querer dar a la palabra el lugar de autoridad que le corresponde en nuestras vidas, como nuestra ÚNICA AUTORIDAD en cuanto a doctrina y práctica, es decir lo que creemos y lo que hacemos.

¿Cuál es la mejor ofrenda que podemos presentar al Señor? Creer en él y en aquel que él ha enviado, es decir en Jesucristo (Juan 6:29). Luego, mostramos nuestra fe en él al prestarle atención y obedecerle agradecidos.

Oración:

Señor, confieso que no merezco tu amor, que soy merecedor de toda tu ira eterna. Pero gracias a tus méritos soy libre de la culpa y Dios me ve santo y justo. En gratitud quiero someter mi voluntad, pensamientos y sentimientos a la guía y concejo de tu palabra llevando cautivo todo pensamiento a Cristo. Concédeme alcanzarlo. Amén.

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