“Servirle sin temor… en santidad y en justicia todos nuestros días delante de él” (Lucas 1:74,75).

SANTIDAD COMPLETA 

Imagínese que varios científicos doctos fueran a la playa de uno de los océanos del mundo y dijeran: “Vamos a hacer que la marea suba”. Allí estarían con su enorme conocimiento, experiencia y los últimos inventos de los avances tecnológicos, decididos por alguna fuerza neumática o hidrostática a hacer que la marea del océano suba. ¿Cree usted que lo lograrían?

Me imagino que tendrían tanto éxito como los que tratan de hacerse santos delante de Dios. Todos los mejores esfuerzos de la humanidad, todos los conocimientos que tenemos y todos los descubrimientos que hemos realizado, tan maravillosos como puedan ser, nos dejan todavía como criaturas perdidas y condenadas ante Dios. No hay fuerza en el mundo entero que pueda mover el corazón natural del hombre para amar y obedecer a Dios. Para los humanos, como somos por naturaleza, la santidad es una imposibilidad.

Los científicos no pueden hacer que la marea suba, pero la luna puede hacerlo. La luna ejerce su poder invisible sobre los océanos, y el resultado es lo que llamamos marea alta o marea baja. Asimismo, solo Dios puede hacer que nuestro corazón lo ame y lo obedezca. Lo hace por medio del evangelio de Jesucristo, el maravilloso evangelio de la Navidad, que nos dice que Jesús vino al mundo para vivir y morir por los pecadores como usted y yo.

Por la obra misericordiosa de Dios, la aureola —un símbolo de santidad— que los artistas con frecuencia han pintado sobre la cabeza del niño Jesús se ha convertido en nuestra aureola por medio de la fe en Jesús. Por amor al sufrimiento y la muerte inocentes de Cristo, Dios nos declaró santos y justos ante él. “Nos salvó, y no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia” (Tito 3:5). Dios nos mira y solo ve la santidad de Cristo. Nos ve completamente santos por amor al Salvador.

Por el mismo poder del evangelio, Dios nos inspira a servirle en santidad y justicia. Como lo hizo con Zacarías, el Espíritu Santo abre nuestra boca y desata nuestra lengua para bendecir a Cristo y hablar de las maravillas que ha hecho. Como María, guardamos todas esas cosas en nuestro corazón y meditamos acerca de ellas. Como los pastores, nos unimos para glorificarlo y alabarlo por todas las cosas que hemos oído y visto.

A causa de la misericordia de Dios, somos completamente santos, no por nuestros esfuerzos sino totalmente por la misericordia de Dios en Cristo Jesús.

Oración:

Señor Dios, me has declarado santo y justo por amor a Jesús. Guíame para que pueda servirte en santidad todos los días. Amén.