(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 1:21–45)

EL PERMANENTE REGOCIJO DEL CREYENTE

Aunque la higuera no florezca ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo y los labrados no den mantenimiento, aunque las ovejas sean quitadas de la majada y no haya vacas en los corrales, con todo, yo me alegraré en Jehová, me gozaré en el Dios de mi salvación.

—Habacuc 3:17-18, Reina Valera 1995

Cierto hombre de negocios, que había salido de la ruina, invirtió todo su capital y algún dinero prestado en el comercio de la sal. Un día las lluvias en su ciudad arreciaron fuera de lo normal e inundaron sus depósitos de sal. El agua se llevó toda la sal dejando al hombre de nuevo en la total ruina. Mientras el hombre reía mirando cómo el agua arrastraba la sal, la gente se preguntaba si se habría vuelto loco: —«Dios me dio, Dios me quitó y puede volvérmelo a dar, pero lo importante es que él es mi Dios. Bendito sea él», dijo con gran alegría. ¿Cómo alguien puede estar tan alegre en medio del desastre?

Cuando Dios envió su juicio contra los israelitas, permitiendo que los babilonios saquearan la tierra de Israel, la gran mayoría era consciente de que eso era precisamente lo que merecían. Pero entre los que sufrieron las consecuencias de la infidelidad del pueblo de Dios había siervos de Dios que habían permanecido fieles al Señor. Entre ellos estaban el profeta Daniel, sus tres amigos e incluso Habacuc, quien escribió el texto que hoy meditamos. Pero todos ellos, en lugar de amargarse por los males que acaecieron continuaron alabando y gozándose en el Señor glorificando su santo nombre. ¿Por qué? Porque sabían que también ellos merecían toda la ira de Dios, pues habían nacido pecadores por causa de Adán; pero que el Señor misericordioso tenía un Cordero que expiaría sus pecados y los salvaría gratuitamente. Ese Cordero es el Señor Jesucristo quien vino a obedecer toda la voluntad de Dios perfectamente en lugar de nosotros, y entregó su vida para morir por nuestro pecado. Estos siervos de Dios estaban convencidos que el Cordero crucificado era toda la evidencia necesaria y definitiva que demuestra el amor de Dios y que ellos no necesitaban ninguna otra prueba más. Por eso podían seguir contentos aunque todo parecía estar muy mal. Como está escrito: «sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». (Romanos 8:28)

Nosotros, sabiendo todo lo que Cristo hizo a favor nuestro, en gratitud, también vamos a querer confiar que el amor de Dios es firme y que no necesitamos ninguna otra evidencia de ese amor que la que dio en la cruz siendo nuestro sustituto.

Oracion:

Señor, la mayor prueba de tu amor por nosotros es Jesucristo crucificado. Sus llagas nos hablan de tu misericordia. Mi pecado cargó él y así he sido perdonado. Solo puedo decirte: «gracias bendito Dios», Tú eres mi felicidad. Amén. 

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Meditaciones son presentadas por Publicaciones Multilingües-WELS y www.CristoPalabraDeVida.com.

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