ELEGIDO DESDE EL VIENTRE

La palabra del Señor vino a mí:

«Antes de formarte en el vientre,

ya te había elegido;

antes de que nacieras,

ya te había apartado;

te había nombrado profeta para las naciones.»

—Jeremías 1:4-5

Jeremías era hijo del sumo sacerdote Jilquías. Por eso podría haber sido sacerdote también. Pero Dios tenía otro plan y en el año 627 a. de C. le dijo las palabras de la meditación de hoy. Sí, Dios había elegido a Jeremías desde antes de su nacimiento que él sería profeta para las naciones. La elección de Jeremías fue totalmente motivada por su gracia. Fue por su misericordia y para sus propios propósitos que Dios llamó a Jeremías a ser profeta. Estas palabras del Señor fueron las que lo sostuvieron firmemente en las duras pruebas que tuvo que enfrentar más tarde. Frente a las dudas, a la incertidumbre y al rechazo, Jeremías sabía sin duda que él le pertenecía al Señor, y que lo que hacía eran los asuntos del Señor.

Dios también nos ha escogido a nosotros para que seamos hijos suyos, aun antes de nuestra concepción o de nuestro nacimiento. En el bautismo, el Señor nos ha dado a conocer esa elección. Al mirar nuestro bautismo encontraremos la misma clase de promesa, la misma seguridad que sostuvo a Jeremías recordando una y otra vez la promesa que el Señor le dio en su llamamiento.

Jeremías sentía que él era demasiado joven e inexperto para hablar en público (Jeremías 1:7). ¿Acaso no hemos sentido lo mismo nosotros alguna vez? Pero el Señor mismo lo había creado y lo había formado para ser su profeta a las naciones y por tanto lo había equipado con todo lo necesario para cumplir su misión: El poder de la palabra de Dios. La palabra era todo lo que Jeremías tenía. Esa palabra era también todo lo que necesitaba, porque era la palabra viva y poderosa, que lograría todo lo que Dios se había propuesto. A nosotros también el Señor nos ha equipado con el poder de su palabra. La palabra hará su obra. A unos contristará para arrepentimiento y consolará para salvación. Pero a otros los endurecerá más todavía. No está en nuestras manos determinar el resultado. Dios no nos llama a tener éxito cuando predicamos su palabra. Nos llama a ser fieles. En gratitud a los méritos de Jesucristo como nuestro Salvador, por los cuales somos salvos, vamos a querer compartir la palabra de Dios con todos.

Oración:

Señor, gracias porque, aunque no lo merezco, me elegiste para ser tu mensajero para anunciar el evangelio. Te suplico me fortalezcas y guardes en la verdadera fe para la vida eterna.  Amén.

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