EL ÁNGEL DEL PACTO

«Yo envío mi mensajero para que prepare el camino delante de mí.

Y vendrá súbitamente a su Templo el Señor a quien vosotros buscáis y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros, ya viene», ha dicho Jehová de los ejércitos.

¿Pero quién podrá soportar el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores.

—Malaquías 3:1-2, RV95

Jesús, el bebé que la virgen María dio a luz fue su primogénito (Mateo 1:25) Según la ley, los primogénitos pertenecían a Dios y debían ser presentados en el templo a los 40 días de nacidos. En un día como hoy sucedió «la presentación del Señor» de la que la Biblia nos habla en Lucas 2:22-38. Fue entonces, que por primera vez, Dios el Hijo entró físicamente en el templo judío. Esa visita halló desprevenidos a la mayoría. Solo Simeón y Ana, la profetisa estaban preparados para tan importante acontecimiento.

La segunda venida del «Deseado» también nos sorprenderá a nosotros, aunque esperamos y decimos que ansiamos su venida. Tan cierto como vino Cristo, él volverá. La pregunta es: ¿Quién puede soportar este gran día? ¿Quién podrá estar de pie? La frase «¿quién podrá soportar?» literalmente significa: «¿Quién puede comprender el proceso que se debe completar antes de que los hijos de Dios puros y santos se presenten ante el trono santo para comenzar las celebraciones eternas?». Es un proceso de refinamiento por medio del fuego (Mateo 3:12). Es un proceso de restregado del corazón impuro que dura toda nuestra vida aquí en la tierra. La ley golpeando nuestras conciencias y el evangelio brindando consuelo. El corazón que, en gratitud por la salvación, desea ser restregado cuantas veces sea necesario hasta quedar limpio por la sangre de Jesús, y revestido con la armadura de Dios, ¡ese corazón es el que se mantiene firme! «Por lo tanto, pónganse toda la armadura de Dios, para que cuando llegue el día malo puedan resistir hasta el fin con firmeza.» (Efesios 6:13).

Oración:

Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor; conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. Yo sé que soy malo de nacimiento; Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me alejes de tu presencia ni me quites tu Santo Espíritu. Devuélveme la alegría de tu salvación. Amén.

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