“Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre” (Filipenses 2:5-11).

LA MENTE DE CRISTO

Pablo presenta uno de los misterios más sublimes y maravillosos en toda la palabra de Dios: la humillación de Cristo. Este es el corazón del “misterio que había estado oculto desde los tiempos antiguos, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos” (Colosenses 1:26). Este es el misterio relacionado con la encarnación y la muerte expiatoria de nuestro Señor Jesús. Es el “unigénito de Dios, engendrado del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios de verdadero Dios, engendrado y no hecho, consustancial al Padre, y por quien todas las cosas fueron hechas; el cual, por amor de nosotros y por nuestra salvación, descendió del cielo y, encarnado en la Virgen María por el Espíritu Santo, fue hecho hombre” (Credo Niceno). Este es el misterio de su humillación, que en ninguna otra parte de la Escritura se expresa y se enseña de una manera tan elocuente, tan clara, tan plena como en el texto para nuestra devoción de hoy.

La mente de Cristo es exactamente lo contrario de la del hombre. Los pecadores están dedicados únicamente a sí mismos. Esto causa toda la maldad del mundo. Los trastornos del sistema nervioso en la personalidad pueden con frecuencia originarse en la autocompasión. Los conflictos familiares surgen con frecuencia debido al egoísmo. Todas las áreas de la vida política y económica están empapadas de beneficio propio. El triunfo sobre el yo es una necesidad fundamental lograda únicamente por medio de la mente de Cristo.

Este Cristo, que dejó su hogar celestial y vino a la tierra hace 20 siglos, es nada menos que Dios mismo. Es aquel en quien Pablo dice que “se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2:3,9). No es otro sino Cristo “el cual es Dios sobre todas las cosas. ¡Bendito sea por siempre!” (Romanos 9:5).

Oración:

Oh Señor Jesucristo, Hijo del Dios viviente, que por nuestra salvación viniste del cielo, te hiciste hombre y moriste en la cruz, concédenos verdadera humildad en el corazón y en la mente para servirte a ti y a nuestros semejantes. ¡Toda alabanza sea para tu glorioso nombre! Amén.

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