“Los afluentes del río alegran la ciudad de Dios, el santuario donde habita el Altísimo. Dios está en medio de la ciudad; por eso, la ciudad no será conmovida; ya en la mañana Dios le brinda su ayuda” (Salmo 46:4,5)

LA CIUDAD FAVORECIDA DE DIOS 

La ciudad de Jerusalén tenía una importancia especial entre el pueblo de Israel. Dios había hecho Jerusalén su morada especial, tal como había hecho a los israelitas su pueblo especial. En el templo de Jerusalén, Dios reveló su presencia y sus bendiciones especiales, y allí recibió la adoración de su pueblo. Para los judíos, la presencia salvadora de Dios y Jerusalén siempre iban juntas, igual como el gobierno y la ciudad de Washington D. C. van juntos para los estadounidenses.

En el Nuevo Testamento, a la iglesia cristiana se le llama la celestial Jerusalén, la ciudad del Dios viviente. Como el Salvador prometido era el centro del Israel del Antiguo Testamento, el que cumplió la promesa, Jesucristo, es el fundamento de la iglesia del Nuevo Testamento. Donde dos o tres se reúnen en el nombre de Jesús, allí está la iglesia y el Señor de la iglesia. Como enseñó Jesús: “El reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17:21). Dios vive en nosotros por medio de su Espíritu Santo. Los montes pueden desmoronarse y los imperios pueden ascender y caer, pero la iglesia invisible de Cristo nunca caerá. Dios vive en ella, en nosotros.

Incluso el pecado, la falsa doctrina y la hipocresía que asolan a las iglesias visibles no pueden dañar ni destruir el reino de Cristo de los creyentes. Dios protege y guarda nuestra fe.

La frase del salmo “ya en la mañana”, los primeros momentos del día, significa que el Señor viene en nuestra ayuda sin demora. Él gobierna con su poder todas las cosas, dentro y fuera de la iglesia.

Los hijos de Coré también dicen aquí: “Los afluentes del río alegran la ciudad de Dios”. Pero la ciudad terrenal de Jerusalén obtenía el agua de un manantial, no de un río. Eso es un recordatorio de que este salmo no se refiere simplemente a un lugar terrenal sino a uno espiritual. Los afluentes vivificadores de la gracia de Dios alimentaban y preservaban la iglesia de esa “ciudad”. Esta fuente la abrió Jesús, que vivió y murió por nuestra salvación. Esas aguas fluyen libremente entre nosotros por medio de su palabra y sacramento.

Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Del interior del que cree en mí, correrán ríos de agua viva, como dice la Escritura” (Juan 7:37,38). El Espíritu Santo hace que esos dones de amor, gozo, paz y demás fluyan de la fe. Y la fe es creada y preservada por el poder del Espíritu Santo.

Esta ciudad perdurará para siempre. Por la gracia de la fe, somos esa ciudad, la iglesia, el reino de Dios. Los creyentes son el tabernáculo de Dios. Si Dios está a nuestro favor, nadie podrá estar en contra de nosotros. “Él triunfa en la batalla” (CC 129:2).

Oración:

Dios altísimo, mora en mí y preserva mi vida en tu reino por medio de tu gracia. Amén.