“En la casa de mi Padre hay muchos aposentos” (Juan 14:2).

LA GRACIA DE DIOS ES ANCHA Y PROFUNDA 

¿Sabía usted que el río Amazonas en Sudamérica tiene alrededor de 338 km de ancho en su desembocadura? Esto equivaldría a unos 3,080 campos de fútbol americano de punta a punta. ¡Eso es realmente ancho!

¿O sabía que la parte más profunda del océano se encuentra al este de Guam? Se conoce como la fosa de las Marianas y tiene una profundidad de unos 11 km. Para que tenga una idea de cuán profundo es, imagínese 25 Torres Sears una sobre otra. ¡Es realmente profundo!

El ancho del Río Amazonas y la profundidad de la fosa de las Marianas no son nada en comparación con la anchura y la profundidad de la gracia de Dios. Cuando Dios en su gracia vio lo que había pasado a su creación perfecta, arruinada por el pecado, no dijo: “Veo que algunos son dignos de ser salvos”. Dijo que quería que “todos los hombres sean salvos y lleguen a conocer la verdad” (1 Timoteo 2:4). Y su gracia ancha puso en marcha el plan para salvar a cada pecador. El evangelista Juan escribió: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). El unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, “murió por todos” (2 Corintios 5:15). Y por medio de su muerte: “Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo” (2 Corintios 5:19). El mensaje de la gracia ancha de Dios, el evangelio, proclama: “Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Gálatas 3:26). Y a causa de que la gracia de Dios es tan ancha, Jesús le dice a usted: “En la casa de mi Padre hay muchos aposentos” (Juan 14:2).

Tan ancha como es la gracia de Dios, es igualmente profunda. Considere las profundidades a las que Jesús llegó para asegurar la salvación de toda la gente. El apóstol Pablo lo describe: “[Jesús] se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo… y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:7,8). El profeta Isaías describe las profundidades incluso de una forma más vívida: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades… Más él fue herido por nuestras rebeliones… Por darnos la paz, cayó sobre él el castigo… Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:4-6- RV95).

En realidad, no hay montaña de pecado lo suficientemente alta, no hay valle de desesperación lo suficientemente profundo y no hay río de lágrimas lo suficientemente ancho que lo separe a usted de la gracia de Dios. La muerte y la resurrección de Jesús lo garantizan.

Oración:

“Gracias, Jesús por el amor ancho y profundo que sientes por mí y por todos los pecadores. Amén.