(Lectura de la Biblia en tres años: Marcos 13:24–14:11)

SÁBADO SANTO

En el lugar donde crucificaron a Jesús había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no se había sepultado a nadie. Como era el día judío de la preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

—Juan 19:41-42

¡TETÉLESTAI!, con esta expresión griega el apóstol Juan nos comunica una de las siete frases que Jesucristo dijo mientras agonizaba colgado en la cruz del calvario y que significa «pagada la deuda por completo» (Juan 19:30). La versión Reina Valera vierte esta expresión «consumado es» ¿Qué es lo que está consumado?

Desde los tiempos del Edén, ha existido la costumbre de contar los días a partir de la puesta del sol. Por tanto, a la puesta del sol de aquél viernes santo, para una gran mayoría de quienes presenciaron y fueron testigos oculares de la crucifixión, ya había comenzado el sábado de reposo. Por tal razón, José de Arimatea se apresuró a pedir le sea entregado el cuerpo inerte de Jesucristo para darle digna sepultura, antes que el sol se ponga y la obligación del reposo entre en vigencia. José de Arimatea y Nicodemo, discípulos secretos de Jesús, fueron quienes lo envolvieron con las vendas acostumbradas para sepultarlo. Al igual que Dios, el Padre, reposó de su obra creadora santificando el séptimo día; Dios, el Hijo concluyó toda su labor salvadora y reposó de ello el sábado, así aquél lúgubre sábado fue santificado para mostrar a todos que ya no había ninguna cosa más que añadir a la obra perfecta, y concluida definitivamente, que Jesucristo llevó cabo para nuestra redención. Por esto clamó a viva voz: ¡Consumado es!

La obra redentora, que Jesucristo hizo a favor nuestro, no inició el domingo de ramos ni el lunes de esa semana. Comenzó cuando el Espíritu Santo hizo sombra en la Virgen y Jesús fue concebido. Desde ese instante, el Señor vivió una vida de perfecta y justa obediencia activa a la voluntad divina en lugar nuestro. Su muerte, que fue una obediencia pasiva, es la segunda parte de su obra salvífica. Somos declarados justos debido a esta doble sustitución. La pasión de Jesucristo no fue un accidente. Él no murió como un revolucionario luchando por sus nobles ideales. Deliberadamente tomó nuestro lugar para pagar nuestra deuda. No fueron nuestros pecados los que lo llevaron al calvario, ni los clavos los que lo sujetaron al madero. Fue su amor incondicional lo que lo impulso a enfrentar valientemente el sufrimiento que tendría delante, y fue ese mismo amor lo que lo sostuvo mientras caía sobre él toda la ira de Dios. En gratitud vamos a querer apreciar su obra concluida y suficiente y reposar en ello sin añadir nada de parte nuestra.

Oración:

Señor, gracias porque por tus méritos me has permitido entrar en tu reposo. Gracias a ti puedo reposar de querer salvarme por mis propios méritos. Amén. 

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