PACTO DE OBEDIENCIA

Moisés subió a encontrarse con Dios, pues el Señor lo llamó desde el monte y le dijo: —Anúnciales estas mismas palabras a los descendientes de Jacob, a los israelitas: ‘Ustedes han visto lo que yo hice con los egipcios, y cómo los he traído a ustedes a donde yo estoy, como si vinieran sobre las alas de un águila. Así que, si ustedes me obedecen en todo y cumplen mi alianza, serán mi pueblo preferido entre todos los pueblos, pues toda la tierra me pertenece. Ustedes me serán un reino de sacerdotes, un pueblo consagrado a mí.’ Diles todo esto a los israelitas.

Moisés fue y llamó a los ancianos del pueblo, y les expuso todo lo que el Señor le había ordenado. Entonces los israelitas contestaron a una voz: —Haremos todo lo que el Señor ha ordenado.

– Éxodo 19:1-8 (DHH)

Cincuenta días después de salir de Egipto, Moisés y el pueblo de Israel llegaron al monte Sinaí. Allí Jehová dijo las palabras del texto de hoy. Dios quería que todo el pueblo sea una nación de sacerdotes e hizo un pacto de obediencia con ellos para que le sirvan así.

Este pacto es diferente del que hizo con Abraham cuatro siglos antes (Génesis 12:1–3). El pacto con Abraham era de pura gracia, sin condiciones. Contenía promesas y sólo promesas: «Haré de ti una gran nación […] te bendeciré […] engrandeceré tu nombre […] serán benditas en ti todas las familias de la tierra». El pacto con Abraham fue un pacto de evangelio, un pacto eterno, un pacto unilateral en el que el Señor se acercó a la humanidad pecadora sin exigirle nada. Era un pacto que se concentraba en las bendiciones que el Señor mismo le iba a dar a Abraham, a sus descendientes y a todas las familias de la tierra. ¡El Dios soberano e infinito, por medio de este pacto, se puso bajo una obligación con la humanidad pecadora!

Pero este pacto de Sinaí entre el Señor e Israel iba a ser condicional y bilateral. El Señor escogió a la nación de Israel de entre todas las naciones de la tierra como su «especial tesoro», al rescatarlo de la esclavitud. Les dio la promesa de que iban a ser su propia nación, bendecida por sobre las demás naciones de la tierra para que sea para él un reino de sacerdotes y una nación santa, de modo que por medio de esta nación él pudiera llevar a cabo su plan de salvación para toda la humanidad. A cambio, él esperaba la obediencia de su pueblo; quería que demostraran que le pertenecían a él al guardar las leyes que les iba a dar. El pueblo Israel se comprometió a obedecer a Dios, pero casi de inmediato se hicieron idolatras y así rompieron el pacto de la obediencia.

Oración:

Señor, tengo que admitir que no puedo obedecer perfectamente tu voluntad pues soy malo de nacimiento; yo he roto tu pacto de obediencia. Por esto merezco toda tu ira. Pero te doy gracias por Jesucristo, pues él obedeció perfectamente en lugar de mí y cargó mi castigo en la cruz. Gracias por establecer tu pacto de evangelio y perdón en Cristo. Amén.

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