EXHORTACIÓN AL ARREPENTIMIENTO

Ahora, pues, dice Jehová, convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento.

Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo.

—Joel 2:12-13, RV95

De la meditación de ayer aprendimos que necesitamos ver cada día y cada cataclismo a la luz del final de todas las cosas. Eso mismo es lo que Dios quería para las personas de Israel en tiempos de Joel. El Señor quería que piensen en una pregunta muy importante:¿Cómo podemos librarnos del juicio en el día de Jehová? El texto que hoy meditamos suministra la respuesta.

Joel habla de la conversión, es decir de volver a Dios. Usa los términos «ayuno, llanto y lamento». Estas son señales de un corazón arrepentido del pecado. El único día de ayuno ordenado por la ley de Moisés era el del día de la expiación (Levítico 16:29, 31). En Hechos 27:9 al día de la expiación se le llama simplemente «el ayuno». Pero el lamentar en voz alta y rasgar las vestiduras en señal de dolor, sin permitir que la Palabra de Dios penetre el corazón endurecido no es arrepentimiento. Por eso Joel dice: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios» (Joel 2:13). No quiere que su pueblo «religioso» solamente haga las señales del arrepentimiento, sino que la Palabra penetre en sus corazones y conciencia y que el ayuno, el llanto y el duelo sean señales externas de un real arrepentimiento interno por el pecado. La «tristeza que es según Dios produce un arrepentimiento para salvación» (2 Corintios 7:10).

Cuando la ley del santo Dios humilla al pecador y a su orgullo pecaminoso, y lo lleva a la contrición y su corazón roto le duela por haber pecado es entonces que hay arrepentimiento. El verdadero arrepentimiento odia el pecado porque éste nos separa de Jehová, la fuente de vida y de amor. El pecador arrepentido se vuelve hacia el Señor, confiado en su gracia y clama: «Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.» (Salmo 51:1). Es verdad que nuestros pecados merecen la condenación, y que de hecho trajeron los dolores del fuego del infierno sobre Jesús. Pero después que hemos reconocido esto, la palabra de Dios inmediatamente aparta nuestra atención de nuestros pecados y nos lleva a la gracia, compasión, paciencia, y amor, de nuestro Salvador.

Oración:

Señor, nunca permitas que olvide que en la cruz cargaste mis pecados y me regalaste tu justicia y que por tu misericordia soy salvo. Amén.

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¡Que Dios bendiga su día!

El Sínodo Luterano Evangélico de Wisconsin

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