AMOR EN LAS CALLES DE JERUSALEN

Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí, sino por ustedes mismas y por sus hijos”. Lucas 23:28

¿No hubiéramos llorado nosotros tambien si hubiéramos estado con esas mujeres? ¿Y no piensa usted que Jesús hubiera querido nuestras lágrimas? Cuando sufrimos, agradecemos las condolencias. Pero no nuestro Señor Jesús. Cargando su cruz por las calles de Jerusalén, él dijo: “no lloren por mí”.

¿Por qué no? Porque todo estaba bien con él. Él sabía que el camino que su Padre había escogido para librar al mundo de la maldición infernal del pecado, era dejando esas huellas sangrientas en el camino al monte llamado El Calvario. Como el Hijo amoroso del Padre eterno y como el eterno amigo amoroso de los pecadores, él estaba dispuesto a recorrer ese camino.

Pero todo no estaba bien con esas mujeres. Por eso El Salvador les advirtió: “lloren … por ustedes  y por sus hijos”. En su divina sabiduría él podía ver los horribles días de destrucción que vendrían a Jerusalén. Él podía ver aún más allá, la manera como la ira del Dios justo rompería a los incrédulos en astillas para el fuego del infierno. Y ese mismo amor que lo hizo caminar al Calvario, lo hizo advertirles a ellas.

Es tiempo de revisar mi corazón y mi vida, ¿verdad? ¿Algún pecado con el que me he llegado a sentir cómodo? ¿Algún pecado que voluntariamente le hecho a mi cónyuge? ¿Algún pecado por el cual le he dicho a Dios que se mantenga aparte? Entonces tal vez es tiempo de escuchar sus Palabras amorosas de advertencia, que me llaman al arrepentimiento.

Oración:

Salvador, en mi debilidad y con mis pecados, ayúdame a escuchar tu voz amorosa que me llama. Amén.