(Lectura de la Biblia en tres años: Génesis 18:1-15, Mateo 6:1-4)

LAS BENDICIONES DEL DIOS VIVO

Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros, que os anunciamos que de estas vanidades os convirtáis al Dios vivo, que hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay. En las edades pasadas él ha dejado a todas las gentes andar por sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.

— Hechos 14:15-17, RV95

¿Ha sido testigo de la risa alegre de un recién nacido? Podemos decir que nacemos con una alegría innata. Dios nos creó así y también suministró muchos buenos motivos para vivir alegres.

El apóstol Pablo en Listra fue usado por Dios para sanar a un lisiado de nacimiento. La gente quedó tan impresionada con el milagro que pensó que Pablo y Bernabé eran dioses y quisieron ofrecerles un sacrificio. Pablo, dijo las palabras del texto de hoy al predicarles la palabra mientras procuraba impedir tal sacrificio. Pablo dice que la lluvia, los tiempos fructíferos, el sustento diario y nuestra misma alegría son dones que Dios nos ha dado como testimonio de su existencia. Jesús enseñó que Dios envía la lluvia y el sol tanto a los que toman en cuenta a Dios como a los que lo ignoran por completo. Sin embargo, añade el apóstol Pablo, «Porque desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó, de modo que nadie tiene excusa. A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias». (Romanos 1.18-21)

Cada vez que nos llevamos un alimento a la boca deberíamos bendecir y agradecer a Dios por su gran bondad. Las bendiciones que Dios envía cotidianamente sobre todo el planeta provienen de su misericordia, pues no las merecemos. Somos imperfectos, hemos nacido pecadores y continuamente ofendemos a Dios desobedeciendo sus mandamientos. Por eso, lo que sí merecemos es padecer toda la ira de Dios por la eternidad en el infierno. Jesucristo vino para salvarnos de esa condenación mediante la doble sustitución redentora. Él obedeció perfectamente la voluntad de Dios y en la cruz cargó con el castigo que merecemos. Esos méritos nos son atribuidos gratuitamente por medio del evangelio. No tenemos que ganar el cielo pues Cristo ya lo hizo por nosotros. En gratitud vamos a querer vivir agradecidos en consagración a él (Colosenses 3:17; 2 Corintios 5:14,15).

Oración:

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni el infierno tan temido. Tú me mueves, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido. Muéveme, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno, te temiera.   Amén.

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