DE JEHOVÁ ES LA BATALLA

Entonces dijo David al filisteo [Goliat]: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina; pero yo voy contra ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mis manos, yo te venceré y te cortaré la cabeza. Y hoy mismo entregaré tu cuerpo y los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra, y sabrá toda la tierra que hay Dios en Israel. Y toda esta congregación sabrá que Jehová no salva con espada ni con lanza, porque de Jehová es la batalla y él os entregará en nuestras manos».

– 1 Samuel 17:45-47 (RVR1995)

Cierta ocasión un amigo me preguntó: «¿Sabes por qué David puso cinco piedras en su bolsa cuando enfrentó al gigante Goliat?» Yo le comenté las varias hipótesis que los comentaristas proponen. Después de expresarme su desacuerdo, él me sorprendió con esta respuesta: «Una fue para Goliat; las otras para los otros cuatro gigantes» (2 Samuel 21:18–22). Aunque la Biblia no dice que esa fuera la razón para las cinco piedras, sí es clara en cuanto a que David estaba plenamente convencido que Goliat sería derrotado, pues sus ojos estaban en Dios y no en el gigante. Para David, Dios era tan real como real era Goliat para todos los soldados del ejército de Israel. Tal era su confianza que dijo: «Jehová que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará de manos de este filisteo» (1 Samuel 17:37).

En nuestro tiempo de gracia aquí en la tierra, hemos de enfrentar muchos desafíos a nuestra fe. Saúl confiaba en su armadura y estrategia de guerra. David confiaba solo en Dios. Dios no le defraudó. No siempre nuestra fe es tan firme como la de David en aquel momento. A veces tropezamos y ciframos nuestra confianza en nuestra propia capacidad de resolver los desafíos. Dios detesta eso y sentencia: «¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza! […] Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él» (Jeremías 17:5,7).

Confiar en cualquier cosa antes que en Dios es un pecado contra el primer mandamiento por el cual merecemos toda la ira de Dios. Cristo nos libró de la condenación eterna al ser nuestro doble sustituto cuando confió en su Padre perfectamente, en lugar de nosotros y recibió sobre sí el castigo de la ira eterna en la cruz del calvario. En gratitud vamos a querer amar, temer y confiar solo en Dios y, como David, darle toda la gloria a él.

Oración:

Señor, solamente merezco toda tu ira pues no he confiado en ti perfectamente. Pero gracias a Jesucristo tengo tu perdón, pues el obedeció perfectamente en lugar de mí y cargó mi castigo en la cruz. En gratitud quiero confiar solo en ti y te suplico que me guardes de caer en la tentación de confiar en otro que no seas tú. Amén.

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