“Las que son mis ovejas, oyen mi voz; y yo las conozco” (Juan 10:27)

EL PASTOR CONOCE A SUS OVEJAS

“El Señor es mi pastor, nada me falta” (Salmo 23:1). Estas palabras tan familiares crean una imagen realista de un pastor que protege a sus ovejas del peligro, que busca a las ovejas perdidas y conduce el rebaño al agua, al alimento y a la seguridad. Durante siglos esas palabras ayudaron a los creyentes del Antiguo Testamento a comprender que su Dios los cuida como nadie más podría hacerlo.

En este evangelio de Juan, vemos que Jesús aplicó esas palabras a sí mismo cuando dijo: “Yo soy el buen pastor” (Juan 10:14). Con esas palabras Jesús pensó que él, junto con su Padre, proporciona el cuidado, la protección y el consuelo prometidos en el Salmo 23.

En el versículo bíblico de hoy, Jesús amplía su pensamiento. Dice de sus ovejas: “Y yo las conozco”. Los que cuidan animales se dan cuenta de que cada animal es único. Un visitante puede ver un rebaño, pero el pastor ve a una oveja como una luchadora, a otra como una madre extraordinaria y aún a otra como que siempre está inquieta.

Jesús nos conoce de la misma manera en que un pastor conoce a sus ovejas. Si nos frustramos fácilmente, si hablamos tanto que con frecuencia metemos la pata, si somos tímidos o flojos, Jesús lo sabe todo. Y cuando estas y otras tendencias de nuestra carne pecaminosa nos llevan a pecar, Jesús también lo sabe.

Por eso Jesús, el Buen Pastor, dio su vida por nosotros, sus ovejas. Sabía que no podíamos deshacer nuestros males. Sabía también que merecíamos el mismo castigo por el pecado que el diablo recibió: el infierno.

Por consiguiente, Jesús intervino para dar su vida por las ovejas. Él estuvo de acuerdo con su Padre celestial en que él debía recibir el castigo que nosotros merecimos por nuestros pecados. Ese es el castigo que sintió cuando exclamó en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). Con este sacrificio por el pecado, Jesús pagó los pecados de sus ovejas y por los pecados de todo el mundo.

Las ovejas de Jesús son las que confían en él como su Salvador resucitado del pecado, de la muerte eterna y del infierno. A nosotros, que creemos en él, nos da la vida eterna en el cielo. Esta es la promesa que nuestro Buen Pastor nos hace.

Oración:

Querido Jesús, mi Pastor, gracias por conocerme y llamarme, y por llevarme al redil. Amén.

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