“Una virgen concebirá y dará a luz un hijo” (Mateo 1:23).

EL SALVADOR PROMETIDO—SU CASA LEJOS DE SU HOGAR 

A María se le cumplió el tiempo. ¡Nació el Hijo que fue profetizado en la Escritura y prometido por el ángel! Lucas nos describe las circunstancias en términos más gráficos: “Allí tuvo a su hijo primogénito; y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en ese albergue” (Lucas 2:7).

Lutero escribe: “Cuando llegaron a Belén… fueron los más humildes y despreciados; se vieron obligados a ceder ante todos hasta que, llevados a un establo, tuvieron un albergue común, una mesa común, un cuarto común y una cama común, con las bestias. Mientras tanto, muchas personas malvadas ocuparon el lugar de honor en el albergue y permitieron ser honradas como señores. Allí nadie percibe ni sabe lo que Dios realiza en el establo”.

El Salvador del mundo, el gran Rey celestial, nació en extrema pobreza. No nació en un palacio, no tuvo una cama preciosa ni sábanas de seda, no nació en una sala de maternidad con médicos, enfermeras y ayudantes yendo y viniendo, sino que nació en un establo, en un pesebre, y lo envolvieron en pañales. Fue una gran humillación para el Hijo de Dios descender de su lugar legítimo en el trono celestial, nacer como niño, tomar forma de siervo. Él, que iba a morir como un marginado “despreciado y desechado por la humanidad entera” (Isaías 53:3), comenzó su vida de servicio con la humildad más profunda, relegado desde el mismo comienzo “porque no había lugar… en ese albergue”.

Nos podemos maravillar de que él, a quien confesamos que es el Señor de señores y Rey de reyes, haya elegido este nacimiento y haya hecho que esta aldea, este establo, este pesebre fuera su primera casa lejos de su hogar real, el cielo.

Pero sabemos la razón de esta humildad. Fue la gracia maravillosa de Dios en acción. Estas mismas circunstancias cumplían su propósito. El Hijo eterno de Dios había dejado la gloria del cielo para nacer como un niño humilde, a fin de que pudiera cumplir toda la justicia por nosotros y llevar la maldición de nuestra desobediencia. Asumió nuestra humildad para quitar nuestra vergüenza y hacer posible que heredáramos la gloria que pertenece a los hijos de Dios. “Siendo rico se hizo pobre, para que con su pobreza ustedes fueran enriquecidos” (2 Corintios 8:9).

Nosotros, como hijos de Dios, somos de hecho ricos porque Jesús vino a esta tierra y porque Jesús mora en nuestro corazón.

Oración:

Oh niño Cristo santo, te alabamos por tu gracia maravillosa de humillarte para ser nuestro Salvador. Que apreciemos los dones preciosos que nos has dado. Amén.