Aunque deba yo pasar por el valle más sombrío, no temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo; con tu vara de pastor me infundes nuevo aliento” (Salmo 23:4)

EL SEÑOR ES MI SEGURIDAD 

¿Quién no ha tenido alguna vez miedo a la oscuridad? ¿Quién no ha deseado huir de los días sombríos de pruebas y problemas y tribulaciones? ¿Qué carne débil no ha gritado alguna vez aterrorizada al pensar en las tinieblas finales, que es la muerte?

Todos experimentamos días de sufrimiento, días en que el comienzo es duro, días en que un manto de oscuridad parece caernos encima. Todos pasamos por períodos de pruebas y tentaciones. Todos vivimos horas en que nos enfrentamos a la maldad y al pecado. Y todos sabemos que el enemigo final y amargo, la muerte, nos espera. ¿Cómo podemos hacer frente a esos días aciagos de adversidad?

El hijo del mundo solo puede encogerse de miedo ante los ataques del mal. No tiene una fuente real de ayuda y consuelo, un lugar de refugio. Aun la carne débil del creyente grita con temor en los días sombríos: “¿Me ha abandonado el Señor?”. Con corazón angustiado, se pregunta si Dios realmente se preocupa por él.

Pero esos momentos de duda y debilidad son cortos en la vida del hijo de Dios. Aun en los valles más sombríos, una luz brillará. Un hijo de Dios recuerda a su Pastor y Guía y con confianza declara: “No temo sufrir daño alguno, porque tú estás conmigo”. Y eso no es solo hablar en voz alta para levantar el ánimo decaído o para calmar las manos o rodillas temblorosas.

Se pregunta cómo fue posible que alguna vez pensara que el Señor lo había abandonado cuando prometió: “No temas… porque yo te redimí; yo te di tu nombre… y tú me perteneces” (Isaías 43:1,2). El creyente sabe que ninguna fuerza de seguridad en la tierra podría ofrecer la protección y la seguridad que la fuerza segura de Dios provee a diario y a cada hora.

El hijo de Dios toma a su Pastor de la mano y se reclina en él para recibir consuelo y respaldo. Bajo la protección del Pastor, sabe que el peor de los problemas que la vida le ofrece realmente no daña su cuerpo o su alma. Aun la muerte misma ya no atemoriza a su corazón. Sabe que la muerte es solo otra forma de descanso y paz que experimentará cuando el Pastor regrese a recoger a sus ovejas en sus brazos. Entonces el creyente encontrará reposo eterno y seguridad para siempre.

Oración:

Señor, sé que siempre estás cerca de mí. Tu vara y tu cayado me infunden nuevo aliento en todas mis necesidades. Susténtame en la fe para que en tus brazos protectores pueda descansar seguro en esta vida y en la hora de mi muerte. En el nombre de Jesús. Amén.

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