(Lectura de la Biblia en tres años: Números 24, Marcos 11:27–33)

¡DEL SEÑOR SOMOS!

Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y somos suyos.
Somos su pueblo, ovejas de su prado.

—Salmos 100:3

¿Alaba usted a Dios cada día?

Hace 500 años atrás todos estaban obligados a escuchar la misa y la lectura de la Biblia solo en latín. El cambio vino con la reforma. Martín Lutero devolvió a la gente el poder adorar al Señor en su lengua materna. Además promovió que la Biblia se publique en la lengua vernácula de cada nación cristiana. Él mismo dio ejemplo al traducirla al idioma de su pueblo, el alemán. Sin embargo, eso no significa que Lutero estaba en contra del latín. Sostenía que el aprender latín era de beneficio para los creyentes, en especial para los líderes. Por esto, cuando se presentaba la oportunidad de animar a alguien a tal estudio, no la perdía.

Lutero viajaba a pie a menudo. En cierta ocasión se alojó en una rústica casa de campesinos. Ellos, sin saber quién era, lo recibieron y lo trataron tan bien como pudieron. Cuando lo supieron rehusaron toda paga, pero le pidieron que se acordara de ellos en sus oraciones y que escribiera con tinta roja en la pared una frase de recuerdo. Lutero escribió en latín: «Domini Sumus». Cuando el campesino preguntó el significado, Lutero explicó que la expresión tenía doble sentido. —Significa —le dijo—, «Somos del Señor», pero también puede significar: «Somos señores». Lo uno resulta de lo otro: por cuanto nos rescató el Señor Jesucristo a gran precio, no debemos ser esclavos de Satanás ni de nada, sino señores verdaderamente libres que no sirven al pecado sino al Señor Jesús.

Pero ser del Señor va más allá del hecho de estar a su servicio. En la antigüedad se comenzó a llamar Señor a quien usaba sus recursos para proteger a quienes podían ser abusados (esta idea permanece cuando se escribió Don Quijote de la Mancha). No hay lugar más seguro, ni protector más confiable que nuestro Señor. En gratitud a los méritos de Cristo, por los cuales somos perdonados y salvados, vamos a querer estar firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres y vivir consagrados a Él confiando en su protección (Gálatas 5:1–14; 1 Corintios 6:19–20; 7:23; Salmo 91).

Oración:

Que mi vida entera esté consagrada a Ti, Señor. Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor. Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir: y que a Ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir. Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor. Que mis bienes dedicar yo los quiera a Ti, Señor. Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor. Que mi mente y su poder sean usados en tu honor. Toma, ¡oh Dios!, mi voluntad, y hazla tuya nada más; Toma, sí, mi corazón y tu trono en él tendrás. Amén. (CC255)

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