“Pues no tengo dudas de que las aflicciones del tiempo presente en nada se comparan con la gloria venidera que habrá de revelarse en nosotros” (Romanos 8:18)

UNAS PALABRAS SOBRE LAS AFLICCIONES 

Las aflicciones son un hecho en la vida. Afectan a jóvenes y viejos, a ricos y pobres. La causa primordial es el pecado. Sufrimos de enfermedades y dolencias porque vivimos en un mundo pecador. ¿Quién podría describir todas las formas de sufrimiento físico, mental y espiritual que existen ahora en nuestro mundo?

Gracias a Dios que en el Siervo sufriente nos dio una respuesta a las aflicciones. Nuestro Sustituto lo sufrió todo. Sufrió pruebas, tentaciones, pobrezas, dolores, pesares, rechazos y muerte. Fue un hombre que en verdad estaba familiarizado con las aflicciones. Jesús sufrió para que nosotros no tuviéramos que sufrir los tormentos eternos del infierno.

Como el pueblo de Dios, ese hecho consumado afecta directamente cómo vemos el sufrimiento. Por la fe en Cristo, sabemos que Dios es nuestro Padre bondadoso. En la mano de nuestro Padre, las aflicciones son una herramienta por la cual nos acerca más a él mismo, nos capacita o nos da una oportunidad para dar testimonio de su amor inmerecido.

Muchos de nosotros hemos pasado por un período de aflicciones. Aprendimos de esa experiencia que verdaderamente la vida de una persona no consiste en la cantidad de cosas que posee. Las promesas de Dios se hicieron aún más valiosas, y de esa manera nos acercó más a él.

Todos nosotros experimentamos el sufrimiento que nuestro Padre envía a nuestra vida como disciplina. La Escritura dice: «Dios lo hace [nos disciplina] para nuestro beneficio y para que participemos de su santidad. Claro que ninguna disciplina nos pone alegres al momento de recibirla, sino más bien tristes; pero después de ser ejercitados en ella, nos produce un fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:10,11).

Algunas veces Dios permite que las aflicciones vengan a nosotros para que con paciencia y resistencia fieles podamos dar testimonio a otros. Raras veces pensamos que las aflicciones son una oportunidad, pero a menudo eso son.

En medio de las aflicciones, algunas veces podemos perder la perspectiva. El versículo bíblico de hoy pone las aflicciones en perspectiva. Cuando todo se ha dicho y hecho, las aflicciones no se pueden comparar con la gloria celestial y el gozo que nos espera. Tenemos la palabra de Dios para eso.

Oración:

Lágrimas, dolor Quita, ¡oh Salvador! En tu dulce compañía Guíanos día tras día: ¡Ábrenos al fin Del cielo el jardín! Amén. (CC 159:4)