CUANDO CAIGAN ROCAS, CLAME AL SEÑOR

A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades del abismo. . . . Estén atentos tus oídos a mi voz suplicante. Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente? Salmo 130:1-3

“Peligro, caída de rocas”, dice una señal en la carretera. En ese tramo de la vía, han caído rocas por el despeñadero y muy probablemente volverán a caer. Eso se parece mucho a la vida de un cristiano.

A veces pienso que los que están sobre la Roca de la Eternidad deben estar protegidos de todas las rocas que caen en la vida. ¿No deberían los creyentes ser libres de todos los problemas de la vida? Si eso fuera así, los músculos de la fe se volverían muy flácidos. Como un maestro carpintero, Dios utiliza el papel de lija de los problemas para sacar a relucir las vetas de la madera de la fe. Mucho mejor que la pregunta: “¿Por qué caen rocas?”, es esta: “¿Qué debo hacer cuando caen rocas?”

“Clame al Señor”, me dice el salmista. Y también me dice por dónde empezar: con mis pecados. No lo interpreten mal, no dice que los problemas vienen por causa de mis pecados; eso me dejaría sin consuelo, como un creyente herido por las rocas. Dios ya ha castigado a su Hijo por todas mis transgresiones. Más bien, cuando caen las rocas, necesito volverme a mi misericordioso Dios, reconociendo que no merezco ninguna ayuda de él. No le puedo exigir nada; si él fuera a mirar mi historial, no me atrevería ni a llamar a su puerta. Así como se necesita un cuarto oscuro para revelar una película, a veces Dios permite, por necesidad, la caída de rocas para hacerme volver a él en humilde arrepentimiento y clamar a él por su ayuda inmerecida.

Oración:

Señor, son muchas rocas, muy a menudo. Te pido que me ayudes a clamar a ti desde las profundidades de la vida por tu ayuda que no merezco. Amén.