“Mis ovejas oyen mi voz” (Juan 10:27)

LAS OVEJAS DEL PASTOR OYEN SU VOZ 

Una abuela frustrada una vez dijo: “Hay algo mal con los lentes del abuelo. Cada vez que se los pone para leer el periódico, no oye nada”.

Desde luego, los lentes no eran el problema. El abuelo solo estaba practicando la escucha selectiva. Esta percepción selectiva es una habilidad importante en la era de la información. Tantos mensajes compiten por atraer nuestra atención que tenemos que seleccionar cuáles escucharemos. Sin embargo, no nos atrevamos a practicar la escucha selectiva cuando se trata de oír la palabra de Dios.

Eso es lo que hicieron los enemigos de Jesús. Para ellos la ley y el juicio de Dios era para “pecadores”, como prostitutas, ladrones y cobradores de impuestos desfalcadores. Los enemigos de Jesús se apresuraron a condenar a esas personas. También se apresuraron a condenar a Jesús porque quebrantó las tradiciones de ellos y sanó a la gente el día de reposo.

Los enemigos de Jesús estaban practicando la escucha selectiva. Jesús les dijo: “Si ustedes supieran lo que significa: ‘Misericordia quiero, y no sacrificio’, no condenarían a los inocentes” (Mateo 12:7). Cuando la palabra de Dios les dijo que tuvieran compasión, no escucharon.

La escucha selectiva es también nuestro problema. Sentimos que tenemos derecho a arremeter cuando estamos enojados en vez de escuchar lo que Dios dice en Efesios 4:26: “Enójense, pero no pequen”. Sentimos que tenemos derecho a guardar rencor, porque la otra persona “comenzó” en vez de escuchar a Dios decir: “Reconcíliense antes de que el sol se ponga” (Efesios 4:26).

La solución viene de escuchar lo que Jesús tiene que decir: “Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31) y, otra vez: “Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios, y la obedecen” (Lucas 11:28). Cuando escuchamos a Jesús, él nos conduce a “la tristeza que proviene de Dios [que] produce arrepentimiento” (2 Corintios 7:10).

Entonces seguimos escuchando. Jesús anuncia: “Buen hombre, tus pecados te son perdonados” (Lucas 5:20). Escuchamos cuando tomamos la Santa Cena. Allí Jesús nos asegura: “Esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada… para perdón de los pecados” (Mateo 26:28).

Sí, como discípulos de Jesús escuchamos. Sabemos que es por nuestro bien, cuando su ley nos da una lección de humildad, y estamos contentos cuando su evangelio promete que nos garantiza su perdón y la vida eterna.

Oración:

Querido Salvador, bendíceme mientras escucho tu voz. Ayúdame a oír todo lo que dices, tanto tu condenación como tu salvación. Amén.

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