EL MOMENTO DE ANUNCIARLO A OTROS

María Magdalena fue a darles la noticia a los discípulos. “¡He visto al Señor!” exclamaba, y les contaba lo que él le había dicho. Juan 20:18

Casi podemos escuchar el llanto de María junto a la tumba de Jesús en la primera Pascua. Casi podemos sentir su amarga decepción por lo que parecían ser las esperanzas puestas en él y no cumplidas. Casi podemos sentir la alegría que invadió su corazón cuando el resucitado Salvador la llamó por su nombre. Pero, ¿recordamos lo que ella hizo después de que el resucitado Salvador se apartó de ella ese día?

¿Podemos llegar a imaginar cómo corrió tan rápido como pudo, de regreso a Jerusalén? ¿Podemos imaginar cómo golpeó las puertas cerradas de la habitación donde estaban los discípulos? ¿Podemos imaginar cómo sonaron sus palabras?: “Él está vivo; lo he visto. Él es nuestro Jesús resucitado, nuestro Salvador eterno, nuestro Rey eterno.” Debió repetir con muy grande alegría cada una de las palabras que le había dicho el resucitado Señor, y que había guardado en su corazón.

Y yo, ¿a quién se lo he dicho? ¿Con quién voy a compartir las alegres noticias de la Pascua? ¿Con mi familia? Espero que sí. ¿Cómo podría no hablarles de la única esperanza para el cielo? ¿Con mis vecinos? Ellos necesitan más que un simple “Hola, ¿cómo están?” Necesitan desesperadamente las buenas noticias sobre el Salvador resucitado. ¿Con las personas en todo mi país y en todo el mundo, a quienes nunca he conocido, pero que quiero conocer en el cielo? Tengo una noticia tan maravillosa, y hay tantos que todavía necesitan escucharla.

Pero antes de que pueda anunciarlo a otros, necesito la alegría que sintió María cuando vio a su Jesús resucitado.

Oración:

Señor, lléname cada día con la inmensa alegría de esta bendita estación de Pascua. Amén.