“Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y de él somos” (Salmo 100:3).

¡ALABE AL DIOS QUE NOS HIZO!

Jesús es su Señor. Lo redimió a usted, una criatura perdida y condenada. Sacrificó su vida por usted en la cruz. Ahora el pecado ya no tiene poder sobre usted; su fe dice que no a ello. La muerte no puede asustarlo; resucitará de entre los muertos para estar con el Señor Jesús para siempre. Satanás ya no tiene acceso a su alma. El Espíritu Santo la ha llenado de fe en cada palabra que sale de la boca de Dios.

El Señor Jesús y el Padre y el Espíritu Santo son su Dios. Deposite toda su esperanza y confianza en él. Él hizo los cielos y la tierra y todo lo que hay en ellos. Y todo lo hizo con su palabra y todo estuvo allí, todo lo que podemos ver y todas las cosas que no podemos ver. El Señor que lo salvó es su Dios. Crea en él; confíe en él. No confíe en el dinero que usted posee; se reducirá a humo en el día del juicio. No confíe en su casa ni en sus bienes; se desmoronarán en el gran terremoto del juicio divino. Reconozca que el Señor es Dios. Es su ayudador; corra hacia él. Es su refugio; protéjase en él. Él lo verá a usted en cada desastre; lo librará y lo cuidará a su manera en el momento oportuno. ¡Reconózcalo! ¡Confíe en él! ¡Alabe al Dios que lo creó!

El Señor Dios lo hizo tal y como es usted. Reconózcalo y esté contento de ello. Conozco a una madre joven con una gran familia. No tiene dinero para dar a sus hijos las cosas bonitas que ven en la televisión. Pero está contenta. Dios le ha dado uno de los llamamientos más altos en la vida; la ha hecho madre. Ella sabe que el Señor es Dios. Sabe que Dios le dio lo que tiene y lo bendice por ello.

El Señor le ha dado todo lo que usted posee. Reconózcalo, y esté contento de ello. Dios le ha dado el cuerpo. Agradézcaselo y úselo para honrarlo a él. Dios le ha dado la mente. Puede pensar en cosas grandes; puede pensar en cosas pequeñas. Puede usarla para comprender la palabra de Dios y considerar en qué forma lo puede servir a él. Agradézcale por la mente que le dio y úsela para honrarlo a él. Dios le ha dado el alma y la redimió con la sangre de Cristo. Pídale que la guarde hasta el día en que el Señor Jesús regrese en gloria con todos los ángeles.

Oración:

¡Bendice, alma mía, al Señor! ¡Bendiga todo mi ser su santo nombre! ¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguna de sus bendiciones! (Salmo 103:1,2) Amén.