MARÍA GLORIFICA AL SEÑOR.

Entonces dijo María:

—Mi alma glorifica al Señor,

y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador, porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.

Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.

¡Santo es su nombre!

—Lucas 1:46-49

La virgen María, después que el ángel le dijo que su anciana parienta Elisabet, también había concebido milagrosamente, se dio prisa para ir a visitarla. Al saludarse, el bebé de Elisabet saltó de alegría en el vientre de su madre. «Entonces Elisabet, llena del Espíritu Santo, exclamó:

—¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el hijo que darás a luz! Pero, ¿cómo es esto, que la madre de mi Señor venga a verme?» (Lucas 1:41-43).

María, jubilosa respondió con las palabras que hoy meditamos. El texto completo de la expresión de gratitud de María tiene la estructura propia de la poesía hebrea. Por eso es llamado «Himno de María», y también «Magníficat» por la primera palabra de su traducción al idioma latín. Es bastante parecido al «Himno de Ana» (1 Samuel 2:1-10) y al Salmo 113:5-9. Desde tiempos antiguos la iglesia ha apreciado mucho el contenido de este cántico pues contiene palabras que todo cristiano puede cantar. Músicos de la fama de Bach han compuesto melodías enaltecedoras para estas palabras, que con el correr de los años, han encontrado un lugar en la adoración cristiana.

María comienza su cantico glorificando a Dios, confesando que Él es su Salvador. María estaba feliz pues llevaba en su vientre al salvador del mundo y de ella misma. Ciertamente no estaba de acuerdo con la falsa enseñanza que dice que ella fue concebida sin pecado. La persona que no tiene pecado no necesita al Salvador. María reconoce su humilde condición como sierva del Señor. Proclama que las generaciones futuras la consideraran dichosa a causa de lo que el Altísimo hizo por ella. Claramente rechaza toda gloria para ella y apropiadamente exalta solo al Señor. Esa es la verdadera virgen María, la madre de Cristo, que llevó a Dios en su vientre hasta que lo dio a luz y luego lo cuidó hasta su debido tiempo, reconociendo que no era merecedora de tal privilegio.

Oración:

Señor, confieso que soy pecador y que no te amo perfectamente. No merezco ninguna de las bendiciones que me das. Te doy gracias que por los méritos de Jesucristo me declaraste justo. En gratitud quiero adorarte solo a ti. Concédeme, por tus medios de gracia, ser afirmado en la verdadera fe para la vida eterna. Amén

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