VIDA EN GRACIA

Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios.

– Hebreos 12:2

Nacer, alimentarse, crecer, reproducirse, y morir son aspectos en los que nos parecemos otros seres vivientes, plantas o animales; pero hay una cosa que definitivamente nos diferencia: el ideal. Aunque muchos animales hacen actos heroicos, solo el hombre lo hace movido por un ideal. ¿Qué es un ideal? Es el conjunto de ideas, aspiraciones y preferencias que motivan la vida del ser humano guiando sus pasos y acciones a superar los desafíos hasta alcanzar su anhelo. La existencia del hombre le es vacía e insatisfactoria cuando no cuenta con un ideal. El tiempo, dinero y energía que no usamos en ocuparnos en proveer para vivir lo utilizamos en nuestro ideal. Cada uno de nosotros, por lo general, tiene un ideal que ocupa su atención. Dios tiene un ideal para nosotros. A Pedro, cuyo ideal era ser un próspero pescador galileo, Cristo le dijo: «Serás pescador de hombres».

Toda la humanidad, por ser pecadora, en estos momentos estaría en el infierno. Pero Dios concede a cada uno un tiempo de vida a fin de que tengan la oportunidad de escuchar el evangelio para salvación. A este tiempo llamamos «tiempo de gracia». Muchos desperdician la misericordia divina y, rechazando final e impenitentemente las buenas nuevas, se van al infierno. El tiempo que los creyentes viven aquí en la tierra, mientras esperan la eternidad, es también un tiempo de gracia en el cual empleamos nuestra vida en vivir agradecidamente a Dios queriendo efectuar su voluntad. Por los méritos de Cristo, nuestros esfuerzos recibirán recompensas de gracia. El ideal de Dios para nosotros es que, mientras vivamos aquí en la tierra, le sirvamos extendiendo su palabra y siendo sus discípulos.

Dios creó a Adán con una mente maravillosa que quería conocer a Dios (Juan 17:3) con un corazón que ame a Dios y con una voluntad que elija obedecerle voluntariamente y con gusto. Por causa del pecado nuestra mente no quiere saber de Dios y tiene avidez por cosas perversas. Nuestro corazón no ama a Dios y ama más otras cosas; y nuestra voluntad, cautiva por el pecado, solo elije lo malo. Por el poder del evangelio se ha efectuado un cambio en nosotros; y ahora por gratitud queremos conocer a Dios (Colosenses 3:8), amarle (1 Juan 4:19) y hacer su voluntad (Filipenses 2:13).

A causa de nuestra naturaleza pecadora no obedecemos a Dios perfectamente. Pero por los méritos de Cristo, imputados a nuestro favor, Dios nos acepta y ve perfectos. Así vivimos amparados bajo su gracia.

Oración:

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos nosotros. Amén.